01

La crisis social en Chile y sus implicaciones para América Latina

PDF
Créditos de la Imagen

Protestas en Santiago de Chile, 22 de octubre de 2019

Fuente: Carlos Figueroa, vía WikiCommons

Carlos Peña González

Abogado. Doctor en Filosofía. Rector de la Universidad Diego Portales, Chile. Profesor de Derecho en la Universidad de Chile, columnista de El Mercurio Autor de Lo que el dinero sí puede comprar (Taurus, 2018).

¿Qué puede explicar que el país más próspero de la región de América Latina, el mismo que el más reciente Informe del PNUD considera con un nivel muy alto de desarrollo humano, que ocupa el puesto 42 del ranking, el primero de la región y el que hasta apenas ayer era considerado un oasis, el oasis que acogería la reunión de la APEC y la COP25 en 2019, se convirtiera de pronto en algo parecido a un campo de batalla?

Responder esa pregunta importa no solo para elucidar la trama de la sociedad chilena, sino para prever lo que podría ocurrir a otros países de la región que experimenten un proceso similar.

Antes, sin embargo, de intentar responder esa pregunta puede ser útil describir, a grandes trazos, la trayectoria reciente de Chile.

El fenómeno más notable que Chile ha experimentado en las tres últimas décadas es el rápido, radical y extendido cambio en las condiciones materiales de la existencia de los chilenos y chilenas. Esta modernización —a la que cabe adjetivar de capitalista— queda de manifiesto con datos como los que siguen.

En 1989, el 49 % de los chilenos, según las mediciones de entonces, vivían bajo la línea de la pobreza y tenían un ingreso per cápita de menos de cuatro mil dólares. Y si la pobreza de entonces se hubiera medido con la metodología de hoy, habría alcanzado más del 60 %. Hoy, en cambio, está por debajo del 9 % y la pobreza extrema bajo el 3 %. El ingreso per cápita, en tanto, ha aumentado a más de veinticuatro mil dólares. El consumo de aquellos bienes que la sociología llama estatutarios, es decir, aquellos que son símbolos de un estatus social determinado —como cierto tipo de autos y ropa—, se ha expandido masivamente. Hoy en Chile hay un millón de estudiantes universitarios; los provenientes de familias pertenecientes al 60 % más pobre estudian de forma gratuita en universidades públicas o privadas. El 90 % de las familias chilenas tienen acceso a internet, y de estas, el 87 % cuentan con una red 4G. Según el último reporte del PNUD, el 60 % de los chilenos pertenecen a grupos medios a los que se podría caracterizar, siguiendo una observación de Tocqueville, como poseídos por la pasión por el consumo.

« La pregunta es por qué una sociedad que ha alcanzado estos logros lidia de forma tan conflictiva con su propia realidad. »

La pregunta es por qué una sociedad que ha alcanzado estos logros lidia de forma tan conflictiva con su propia realidad. En mi opinión, la respuesta se encuentra en la literatura clásica.

En su obra de mediados del siglo XIX El antiguo régimen y la revolución, Alexis de Tocqueville afirmaba que la Revolución francesa había ocurrido en una época de bonanza. Ocurrió cuando los franceses, sugiere, mejor estaban. La paradoja de Tocqueville o la paradoja del bienestar —así podemos llamar a ese fenómeno— consistiría en lo que alguna vez observó el Dr. Johnson: las sociedades humanas progresan no de satisfacción en satisfacción, sino de deseo en deseo. Junto a las grandes transformaciones económicas y las mejoras en las condiciones materiales, ocurren cambios drásticos en los deseos y anhelos de las personas. En este sentido, las sociedades avanzan en fases de progreso, seguidas de otras de desilusión.

Esta paradoja del bienestar no hace más que dibujar el fenómeno, pero no alcanza a delinear los factores que desatan una crisis como la que Chile experimenta. Esto último exige una mirada más fina que identifique los múltiples factores que concurren a configurarla.

Creo que es posible, sobre la base de lo que acabo de describir, identificar cinco factores que ofrezco a la discusión.

El primero es la ya mencionada paradoja del bienestar. Un ejemplo elocuente de esta —no es el único, desde luego— son los estudiantes chilenos, uno de los principales focos de descontento. Cerca del 70 % de los estudiantes provienen de familias que nunca pudieron acceder a la formación universitaria. ¿Qué explica entonces que, al haber accedido a lo que anhelaban, experimenten sin embargo una amarga desilusión? Lo que ocurre es que los certificados universitarios ya no proveen los bienes de prestigio y renta que proveían cuando ellos los miraban a la distancia y constituían un verdadero sucedáneo de título de nobleza. El título universitario —convertido ahora en un bien masivo— no les brindó el avance económico y social que esperaban. Este es el problema que los economistas llaman de los bienes posicionales. El valor de estos bienes no depende de sus características intrínsecas, sino de cuántas personas acceden a él. Las recompensas económicas de ciertas profesiones dependen de que el número de personas que las ejercen sea reducido. La masificación de la educación ha llevado a que pierda este tipo de valor, lo que ha generado un enorme malestar.

La masificación del bienestar significa, entonces, aumentar enormemente el potencial de frustración en las masas. Este fenómeno no solo ocurre en América Latina (Raymond Aron y Pierre Bourdieu lo analizaron en Francia en la década de los sesenta). Lo sorprendente es que no se previera que este fenómeno ocurriría en nuestros países. En todo caso, la paradoja del bienestar —que será un problema en países en crecimiento como el Perú— es un primer factor para tener en consideración.
El bienestar —en esto consiste la paradoja— puede provocar frustración.

Un segundo factor es la desigualdad. Todas las sociedades, enseña la sociología, son desiguales. La estratificación social consiste en las diferencias en riqueza y prestigio aceptadas socialmente o, si se prefiere, socialmente legitimadas. No se trata, pues, de la desigualdad per se sino de cómo se la experimenta, cuán legítima o no se la percibe. Si la desigualdad en sí misma fuera el desencadenante sin más de las convulsiones como las que Chile vive hoy, ni América Latina ni África o la India tendrían un solo momento de tranquilidad. Y, sin embargo, a pesar de una desigualdad superior a la chilena, duermen, por decirlo así, sin sobresaltos violentos.

« El problema al que cabe poner atención a la hora de explicar el fenómeno de la violencia y la convulsión chilenas es la forma en que se han legitimado la desigualdad y la estratificación. »

En el caso de Chile, atendidas las características culturales de la modernización capitalista, esa legitimidad dependía de dos factores: la expansión del consumo y el bienestar, por un lado, y la meritocracia, por el otro. Ambas fuentes de legitimación han perdido fuerza. La relativa crisis económica ha hecho más lento y difícil el proceso de expansión del bienestar y del consumo. La fantasía del bienestar creciente se ha disipado y la herida de la desigualdad ha quedado sin restañar. Al mismo tiempo, Chile no ha conseguido, con la eficacia imprescindible, implementar la promesa meritocrática. Esta promesa —conforme a la cual cada uno recibirá tantos recursos y oportunidades como esfuerzos haga para obtenerlos— tiene a la educación como su estructura de plausibilidad, como la realidad que la hace creíble. Y la reforma educativa en Chile, como resulta hasta cierto punto inevitable, ha ido lenta. La meritocracia se ha revelado como una mentira noble, para usar los términos de un texto clásico.

Esto lleva a concluir que en materia de desigualdad hay dos problemas que considerar.

El primero es que la contradicción chilena no es entre una demanda de igualdad enfrente de una mera desigualdad. El conflicto hoy es entre desigualdades merecidas (en función del distinto grado de esfuerzo) y las inmerecidas (explicadas solo en función del privilegio). Las elites intelectuales de América Latina deben abandonar la primera formulación, puesto que el problema no es escoger entre igualdad y desigualdad, sino responder la pregunta de Amayrta Sen: «¿igualdad de qué, en qué?». Ya Tocqueville decía que las sociedades modernas buscan al mismo tiempo la igualdad y el consumo. La democracia es una pasión por la igualdad y el mercado desata una pasión por el consumo. Ambas pasiones son incompatibles a menos que se acepte que hay desigualdades merecidas (las que son producto del esfuerzo y el consumo) y otras inmerecidas (las que son fruto del privilegio y la herencia).

El segundo problema es que conforme aumenta el bienestar, conforme la sociedad se hace más rica y las condiciones materiales mejoran, inevitablemente la percepción de la desigualdad se hará más intensa. Es lo que muestran los informes de desarrollo humano: a mayor desarrollo humano en la región, mayor percepción de injusticia.

El tercer factor es la cuestión generacional. La generación nacida en los años noventa sufre de una anomia, de falta de orientación normativa y está entregada a su propia subjetividad.

Tradicionalmente la sociología creyó que la clave de las sociedades estaba en la forma en que la cultura permitía socializar a los individuos, ajustando así su comportamiento a las exigencias de la estructura social. Pero ocurre que hoy —como lo advirtió tempranamente Daniel Bell— la cultura es un dispositivo productor, por decirlo así, de expectativas y de deseos como consecuencia de la irrupción de los mecanismos de mercado. Mientras en la sociedad más tradicional la vida estaba conducida por grupos de pertenencia y una memoria firme, que orientaba la conducta y modelaba las expectativas, hoy la vida aparece más bien como un esfuerzo de autoedición mediante, entre otras cosas, el consumo. Todos los referentes de significado que sustituían la vieja idea de destino —el barrio, la iglesia, los sindicatos, los partidos— se han debilitado y el sujeto está entregado cada vez más a la experiencia de sus propias decisiones. El fruto de este proceso —ya Marx advirtió que la modernización hace que todo lo sólido se desvanezca en el aire— es el peligro de la anomia, de la subjetividad entregada al mal del infinito, a las expectativas sin contención.

Hay, todavía, un cuarto factor: una desvinculación entre la posición social y la preferencia política. Antiguamente se podía predecir que las clases obreras votarían por la izquierda y los profesionales de la burguesía por los conservadores. Huntington llegó a sugerir que las elecciones eran la lucha de clases ritualizada. Hoy, sin embargo, esto ya no es una constante. La política se define hoy por las preferencias volubles de los votantes a las que los políticos buscan adaptarse. El peligro de este fenómeno, como insistiré al final, es el populismo.

« La política se define hoy por las preferencias volubles de los votantes a las que los políticos buscan adaptarse. El peligro de este fenómeno es el populismo. »

Un quinto factor en el caso de Chile es que su sociedad ha avanzado más rápido que el Estado. La consolidación relativamente temprana (en comparación con otros países de América Latina) del Estado en Chile, gracias sobre todo a la temprana modernización del Ejército, fue una gran ventaja. Sin embargo, este Estado apenas ha sido reformado y es percibido como obsoleto por una sociedad que avanza a mucha mayor velocidad. Es probable que la sociedad tenga hoy grados de complejidad que un Estado, cuya fisonomía viene del siglo xix, no logre absorber. La modernización social debe estar acompañada de una modernización del Estado. De otra forma, la modernización social arriesga ser —para emplear la fórmula de Giddens— un mundo desbocado.

¿Qué lecciones, si es que alguna, puede obtenerse para la región de todo lo anterior? Creo que hay dos fundamentales. La primera, cuidarse del populismo; la segunda, evitar una visión adánica del crecimiento.

Ante todo, está el peligro de malentender el fenómeno que hemos analizado y ver en él el resultado de una sociedad estructurada entre una elite corrupta y un pueblo virtuoso. Esta manera de concebir los problemas públicos de la región arriesga el grave peligro del populismo.

El populismo caracteriza a la vida social y política, así como a los problemas que la acompañan, como una división entre una elite autointeresada y el pueblo, la gente de a pie —como a veces se prefiere— presentada como una comunidad de intereses más o menos homogéneos. Las sociedades serían como una pirámide teledirigida desde una cúspide que no siempre salta a la vista —la elite—, que se esmeraría, a través de diversos mecanismos y estrategias, por sacrificar los intereses de la masa. El populismo sería así una ideología delgada, una formación discursiva en la que se pueden alojar muy disímiles puntos de vista, de derecha y de izquierda. Como el populismo carece de puntos de vista acerca de los problemas más básicos y diversos de la vida social, este operaría como una pantalla narrativa en las que se alojan y movilizan retazos de otras ideologías más gruesas y sustantivas que son las que explican que el populismo sea hoy tan variopinto y se le pueda encontrar en casi todos los sistemas políticos. Las instituciones de la democracia representativa y los procedimientos diseñados para la competencia pacífica por el poder aparecen para el populismo como una máscara, un simple disfraz detrás del cual se camufla y agazapa esta elite deseosa de acumular prestigio y poder.

Malentender crisis como la que experimenta Chile arriesga el peligro de deslizarse intelectualmente primero y políticamente después al populismo. El precio final es el sacrificio de la democracia.

A ese riesgo se suma el peligro de olvidar lo obvio. La modernización que todos los países de la región anhelan no es un jardín de rosas, un patio edénico, sino una dialéctica inevitable, como dijo Raymond Aron, de progreso y desilusión. Cuando se olvida esto se corre el peligro de, en los momentos de progreso, creer que la política no importa, que es un quehacer prescindible, una molestia. Se trata de un severo error porque entonces, cuando llega la desilusión —e inevitablemente llega—, ya no hay instituciones prestigiosas capaces de gestionar la crisis.

Quizá la tarea de la buena política sea más bien esta: prepararnos no para los días felices, sino para los momentos de desilusión hacia los que inevitablemente nos conduce la dialéctica del progreso. Evitar pues el simplismo que conduce al populismo y evitar también el olvido de que a la fase de progreso, donde la política parece no importar, le seguirá un momento de desilusión donde la política y los líderes responsables serán los únicos que harán la diferencia.

El contenido de este artículo fue presentado por el autor en el conversatorio «La crisis social en Chile y sus implicancias para Perú y América Latina», el 22 de noviembre de 2019. Las ideas aquí planteadas se desarrollan extensamente en la publicación del autor sobre los recientes acontecimientos de Chile, La revolución inhallable (Taurus, 2020).
Share This