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La conmoción COVID-19 y el despertar de la sociedad global del riesgo

CRÉDITO DE LA IMAGEN

Foto: Rottonara, pixabay.com

Isaac Nahón Serfaty

PhD en Comunicación. Profesor en la Universidad de Ottawa, Canadá

La pandemia del COVID-19 ha puesto en evidencia lo que el sociólogo alemán Ulrich Beck (2004) llamaba la sociedad del riesgo. El riesgo ya no lo contienen las fronteras. Tiene una dimensión global. Y es también un riesgo manufacturado. Aunque algunos insistan en que esta pandemia es la venganza de la naturaleza, la verdad es que la dimensión y el impacto de esta crisis es producto de la acción humana o, mejor dicho, de la negligencia de los humanos. Por eso es una crisis manufacturada, propia de la modernidad avanzada, en la que las propias organizaciones y sistemas que la modernidad ha creado para protegernos de esos peligros se han convertido en las principales fuentes de riesgos para los seres humanos y otros seres vivientes.

La aceleración del avance de la pandemia gracias a los medios de transporte modernos (aviones, cruceros, trenes, metros, etc.) va a la par de la imprevisión y torpeza de algunos gobiernos en la gestión inicial de la crisis. El COVID-19 nos está confrontando con las contradicciones de nuestra modernidad avanzada: la doble cara de la globalización (fuente de crecimiento pero también de disrupciones profundas), y la baja calidad de cierto liderazgo político para afrontar los retos de un mundo más integrado y, por ello, más peligroso. Veamos algunos retos y oportunidades que la pandemia nos presenta.

Transformarnos en seres y organizaciones antifrágiles

Nassim Nicholas Taleb (2013) introdujo el concepto de antifragilidad. Se trata del mismo autor que escribió el libro The Black Swan ‘El cisne negro’ (Taleb, 2008). Para resumirlo rápido, antifrágil es el equivalente del dicho venezolano «lo que no mata, engorda», o «lo que no mata, te fortalece». La idea básica de esta noción es que hay sistemas, objetos y seres vivos que ganan en fortaleza y resistencia en la medida en que son sometidos a choques inesperados.

Me permito citar a Taleb, aunque es un poco largo, porque vale la pena entender las implicaciones de este concepto:

«Crucialmente, si la antifragilidad es la propiedad de todos aquellos sistemas naturales (y complejos) que han sobrevivido, al privar a estos sistemas de volatilidad, azar y fuentes de estrés, los dañará. Ellos se debilitarán, morirán o explotarán. Hemos fragilizado la economía, nuestra salud, la vida política, la educación, casi todo […] justamente al suprimir el azar y la volatilidad. Es igual que pasar un mes en cama […] conduce a la atrofia muscular, los sistemas complejos se debilitan o incluso mueren cuando se les priva de fuentes de estrés. Una gran parte de nuestro mundo moderno estructurado nos ha ido dañando con políticas que vienen desde arriba y mal ensambladas (presentadas como Soviet-Harvard delirios en este libro) que hacen precisamente esto: un insulto a la antifragilidad de los sistemas.

Esta es la tragedia de la modernidad: como en el caso de padres neuróticamente sobreprotectores, aquellos que quieren ayudarnos no están dañando aun más.

Si todo lo que viene de arriba fragiliza y bloquea la antifragilidad y el crecimiento, todo lo que viene desde abajo florece con la cantidad adecuada de estrés y desorden. El proceso de descubrimiento (o de innovación o progreso tecnológico) depende de los remedos antifrágiles, de la capacidad de manejar riesgos más que de la educación formal». (Taleb, 2013)

Foto: Rottonara, pixabay.com

No es que nuestras sociedades no hayan confrontado recientemente riesgos similares al COVID-19. Solo pensemos en la pandemia de VIH-sida a principios de los años ochenta del siglo XX, la crisis del SARS en 2002-2003, la epidemia de gripe H1N1 en 2009, o la recursiva aparición del ébola endémico en África, por hablar de solo algunos casos. El problema es que al parecer no hemos aprendido de estas experiencias anteriores. O, en todo caso, al creernos ilusoriamente sobreprotegidos contra las enfermedades infecciosas (y esto a pesar de varias advertencias, como la emergencia de nuevos virus y el crecimiento de la resistencia bacteriana), hemos perdido las cualidades antifrágiles que nos hubieran permitido afrontar la pandemia actual de forma más eficaz.

Pero no hay mal que por bien no venga, según otro dicho. Los que han salido mejor parados de la pandemia hasta hoy día (28 de marzo de 2020, cuando escribo este artículo), como Taiwán, Hong Kong, Singapur y Corea del Sur, han aprendido a punta de estrés y de choques a hacer tests más rápidos, a implementarlos de forma masiva. También a usar herramientas de inteligencia artificial y algoritmos para procesar big data para detectar y monitorear a personas infectadas, y hacer modelos más precisos de seguimiento y control de los contagios. Otros, como los laboratorios alemanes, norteamericanos, israelíes y chinos, trabajan aceleradamente para desarrollar una vacuna y tratamientos contra el COVID-19.

En fin, si esta crisis nos deja algún aprendizaje permanente es que debemos estar abiertos a la emergencia de eventos sorpresivos de talla global y gran impacto sanitario, económico, político, educativo e incluso cultural, sabiendo que no son del todo imprevistos, pues se anticipaba que un virus de este tipo podía emerger, como lo había dicho el fundador de Microsoft, Bill Gates, en una charla ted talk que puede verse en YouTube (Gates, 2015).

Si esta crisis nos deja algún aprendizaje permanente es que debemos estar abiertos a la emergencia de eventos sorpresivos de talla global y gran impacto sanitario, económico, político, educativo e incluso cultural, sabiendo que no son del todo imprevistos

Comportamientos, hábitos e ideas que cambiarán

Es probable que, después de que superemos esta pandemia, veamos un debate en distintos foros y gobiernos sobre la necesidad de contar con una verdadera policía sanitaria global que sea capaz de monitorear y alertar con transparencia la aparición de enfermedades infecciosas en cualquier rincón del mundo. La bioseguridad se convertirá ahora en una prioridad mundial, después de que los países ricos están viviendo las calamidades de una epidemia global mal controlada y peor manejada, algo que conocen bien los países más pobres de África o Asia.

Esto debería obligar a la Organización Mundial de la Salud (OMS) a revisar sus políticas y procedimientos de vigilancia epidemiológica global. Y esto no será fácil, pues sus decisiones dependen de los intereses de los gobiernos que representan a los países en su seno. Por eso su vacilación inicial en calificar al brote de COVID-19 como una pandemia. Por eso también sus limitados poderes para controlar los focos donde se originan estas enfermedades virales, especialmente debido al consumo humano de especies exóticas sin ningún tipo de control sanitario en países superpoblados como China. Una policía sanitaria global sería una solución factible, pero habrá resistencia de regímenes autoritarios como China o incluso de populistas aislacionistas como Donald Trump.

Viajar en avión deberá ajustarse a la realidad de las enfermedades infecciosas que circulan fácilmente de un país a otro. Probablemente el control de pasajeros con fiebre será una práctica común. Viajar con fiebre ya no será una opción para todo el mundo, solo en casos en que la persona pueda justificar con un certificado médico las razones de la fiebre y su necesidad de tomar un avión. Algoritmos que procesen grandes cantidades de datos y con capacidad de deep learning (aprendizaje profundo) podrían designar a ciertos viajeros como de alto riesgo y asignarlos a una lista de no flight. Ya lo están haciendo en China, combinando drones que toman la temperatura de las personas y apps que indican si son de bajo, medio o alto riesgo. Si la app determina que la persona es de alto riesgo, se le prohíbe el acceso a la red de transporte público.

Igualmente, la industria de los cruceros tendrá que cambiar su modelo de negocios. Se acabarán los megacruceros de tres mil y más pasajeros, que incluso antes de la crisis del coronavirus ya representaban riesgos para la salud de los turistas y de la tripulación. La industria tendrá que volver a barcos más pequeños, cambiar sus prácticas sanitarias e instalar controles para descartar turistas con alto riesgo de contagiar a otros pasajeros.

Los militantes contra las vacunas (conocidos como antivaxx), que han ganado cierta notoriedad en estos años y son, quizá de alguna manera, responsables de la reemergencia de brotes de enfermedades como el sarampión y la rubéola, serán considerados de ahora en adelante como verdaderos enemigos de la sanidad pública global. ¿Por qué? Muchos laboratorios en el mundo trabajan en la formulación y prueba de una vacuna contra COVID-19. Si la vacuna es exitosa y ayuda a detener la pandemia, los antivaxx tendrán muchas dificultades en difundir sus argumentos contra las inmunizaciones.

Es cierto, por otro lado, que cada pandemia global es una gran oportunidad de negocios para las empresas farmacéuticas y de biotecnología (pensemos, nada más, en el negocio que representan los tratamientos para controlar el VIH-sida). Pero la industria y los gobiernos han aprendido de pasadas experiencias. Las pandemias y enfermedades endémicas crean mercados públicos que incentivan el desarrollo de medicamentos y vacunas, pues la cobertura la garantizan los gobiernos (un ejemplo son las vacunas para prevenir la diarrea por rotavirus o para prevenir el virus de papiloma humano, VPH).

Sin embargo, la presión de los gobiernos, los enfermos y los activistas sociales ha logrado en el pasado que las empresas farmacéuticas acepten bajar los precios de sus medicamentos e incluso que acepten (de mala gana) que versiones genéricas de sus productos sean fabricadas en países como la India. La conciencia del peligro global que representan estas nuevas enfermedades infecciosas hará que los gobiernos exijan a las farmacéuticas y empresas biotecnológicas precios accesibles, asegurándoles al mismo tiempo grandes volúmenes. 

« La conciencia del peligro global que representan estas nuevas enfermedades infecciosas hará que los gobiernos exijan a las farmacéuticas y empresas biotecnológicas precios accesibles, asegurándoles al mismo tiempo grandes volúmenes. »

La salud es, sin duda, un bien colectivo

Por si quedaba alguna duda, la idea según la cual la salud es un asunto meramente individual ha quedado muy desprestigiada con esta pandemia. Claro que la gente tiene que asumir su responsabilidad y mantenerse razonablemente saludable (no fumar, comer sano, hacer ejercicio, manejar el estrés, etc.). Pero la pandemia nos está diciendo de forma brutal que la salud de una persona nos concierne a todos y que la salud de una persona depende del comportamiento de otros. La experiencia de cuarentena colectiva que ha vivido una buena parte de la humanidad y que se podría aún extender, marcará un antes y un después de COVID-19 en el financiamiento de sistemas de salud más sólidos y con más recursos humanos, más infraestructura y más tecnología.

Pero más importante aún es la convicción de que un sistema público de salud es más necesario que nunca. Que el acceso universal a los servicios médicos y de hospitalización es un derecho de todos los ciudadanos, no solo porque tengan derecho a ser tratados cuando se enferman, sino sobre todo porque es la mejor manera de prevenir y controlar situaciones de pandemia como la que estamos viviendo.

La comunicación más transparente en la mira

Las redes sociales han mostrado al mismo tiempo su utilidad y su lado más perverso. Son medios muy útiles para informar y alertar al público sobre las medidas que toman los gobiernos, los consejos de los expertos y las noticias de fuentes confiables sobre lo que está ocurriendo. Pero también han mostrado que son máquinas de rápida difusión de rumores sin fundamento, teorías conspirativas delirantes, remedios milagro, escenas grotescas y de contenidos llenos de prejuicios e incluso racistas.

La curaduría de contenidos será cada vez más importante, como ya lo están haciendo las grandes plataformas como Google, Facebook y Twitter, con el fin de orientar al público sobre las fuentes confiables de información sobre la pandemia de COVID-19. Claro que la responsabilidad individual es también importante para evitar la difusión de contenidos alarmantes e incorrectos. Usuarios menos impulsivos, más racionales y más cautos deben contribuir a promover la buena información sobre el coronavirus.

Foto: Engin_Akyurt, pixabay.com

La tentación de ocultar y manipular la información en tiempos de pandemia es grande, especialmente por parte de regímenes autoritarios. Pero el mismísimo régimen chino tuvo que enfrentarse a la indignación de su población por haber presionado al joven médico de Wuhan que denunció por las redes sociales la aparición de los primeros casos y que después murió a causa del COVID-19. E incluso, políticos como el presidente Donald Trump, que había abordado la gestión de la pandemia con un discurso que minimizaba el impacto económico y sanitario de la crisis, ha tenido que rendirse a la evidencia de que la pandemia durará más de lo que él hubiera querido, y que tendrá consecuencias sociales y económicas que él no hubiera deseado en un año electoral.

La transparencia en la información al público es esencial para contener a la pandemia. El público no solo tiene derecho a saber el número de enfermos, el número de fallecidos, el número de quienes se curan, sino que esta información es necesaria con el fin de orientarlo y persuadirlo de que siga los lineamientos de las autoridades sanitarias para contener la enfermedad.

E igualmente está quedando claro que es necesario un periodismo profesional, independiente, viable, que se adhiera a los principios éticos fundamentales de equilibrio y verdad, que se base en hechos y datos confiables, y que evite el sensacionalismo y la especulación sin fundamento alguno. El periodismo se está reivindicando como una necesidad social en tiempos de turbulencia.

Volver a nuestra frágil materialidad

Una lección de COVID-19 es que el mundo sigue siendo material, y muy material, a pesar de las ilusiones que nos hicimos sobre la relegación del cuerpo y los objetos a un segundo plano en la economía y la comunicación virtual. La pandemia nos ha puesto los pies sobre la tierra. Los empleos se esfuman, la producción cae, el transporte aéreo se paraliza, los cuerpos y los objetos no pueden circular con facilidad, o no circulan del todo. En su nanométrica dimensión, el coronavirus nos ha recordado que somos materia viva y frágil.

Referencias bibliográficas

  • Beck, U. (2004). La sociedad del riesgo. Barcelona: Paidós.
  • Gates, B. (2015). The next outbreak? We’re not ready. ted. Ideas worth spreading, https://www.ted.com/talks/bill_gates_the_next_outbreak_we_re_not_ready?language=en
  • Taleb, N. N. (2008). El cisne negro. El impacto de lo altamente improbable. Barcelona: Círculo de Lectores.
  • Taleb, N. N. (2013). Antifrágil. Las cosas que se benefician del desorden. Barcelona: Paidós.
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