¿Por qué los partidos políticos son un modelo para el futuro?
Wilhelm Hofmeister

Wilhelm Hofmeister

Director de la oficina de la Fundación Konrad Adenauer para España y Portugal, con sede en Madrid.

La democracia como forma de orden político y de gobierno ha estado expuesta a fuertes tensiones en todo el mundo. Desde hace más de una década, ha tenido lugar un declive de la democracia (Diamond y Plattner, 2015) y el número de democracias está en retroceso.

En muchos lugares, la separación de poderes y el control de los gobiernos está reduciéndose; la libertad de expresión, de reunión y de asociación se ven restringidas; se cometen asaltos contra el poder judicial y se controla a los medios de comunicación independientes y a las organizaciones de la sociedad civil.

Los partidos políticos se han visto afectados por la crisis de la democracia de varias maneras. Algunos han sido causantes, muchos son víctimas de esta crisis. Ante todo, son parte de la solución. Allí donde la democracia está en peligro, se debe también —¡pero no únicamente!— a un fracaso de los partidos, pues es evidente que muchos de ellos no han sido capaces de reconocer los intereses y preocupaciones de su sociedad, de representarlas y traducirlas en políticas públicas concretas. Resulta particularmente grave cuando los representantes políticos abusan de sus posiciones en el Gobierno y en los parlamentos, y demuestran, a través del clientelismo y la corrupción, que no están a la altura de los requisitos éticos que se les demandan en el momento de tomar decisiones sobre el destino de sus compatriotas.

A pesar de su crisis de legitimación y de su declive, los partidos políticos siguen desempeñando un papel clave en las democracias representativas.

El ejemplo de Chile puede ilustrar la problemática de los partidos. Durante mucho tiempo el país fue considerado como una democracia modelo en América Latina, donde los partidos jugaron un papel clave en la transformación del sistema político y la consolidación de la democracia. A pesar de que el descontento de una parte importante de la población fue en aumento, provocando reiteradas protestas violentas desde 2016, ninguno de los partidos tomó nota de ello. Como resultado de la crisis social, en 2019 solo el 7% de la ciudadanía confiaba en los partidos políticos (Corporación Latinobarómetro, 2020). Sin embargo, como alternativa no deseaban un sistema autoritario, sino una mejor democracia. No es difícil prever que la reforma constitucional en este país solo restablecerá la confianza en las instituciones del Estado si los partidos políticos son capaces, a su vez, de llevar a cabo reformas y desempeñar sus funciones esenciales de manera eficiente.

En Chile, como en todas las demás democracias representativas, los partidos políticos son y seguirán siendo la «institución distintiva de la política moderna» (Huntington, 1968, p. 89), la cual no podrá ser reemplazada por otras instituciones o procedimientos. A pesar de su crisis de legitimación y de su declive, los partidos políticos siguen desempeñando un papel clave en las democracias representativas. No solo desde una perspectiva teorética, sino en la práctica democrática, los partidos son los agentes centrales de mediación entre las instituciones estatales y la sociedad. En tal sentido, cumplen con diversas funciones, como el reclutamiento de personal político; la capacidad de respuesta a través de la articulación de intereses; la representación y agregación; la formación de gobierno y el trabajo de oposición; la definición del contenido político (creación de políticas públicas); así como la movilización e integración de los votantes y los afiliados. Los partidos alcanzan representación política cuando establecen relaciones estrechas con los grupos sociales, atraen nuevos afiliados y transmiten intereses e ideas bajo la forma de programas, contenidos y formas de organización. Los partidos analizan, articulan y añaden cuestiones, posiciones, actitudes e intereses políticos. Es fundamental que los partidos representen temas diversos y se esfuercen por implementarlos. El conflicto en torno a las diferentes posiciones políticas es un elemento central de la democracia y de la competencia entre los partidos por los cargos, las proposiciones de políticas públicas y, en última instancia, los votantes. Este conflicto garantiza que se aborden y se tengan en cuenta intereses diferentes en el proceso de toma de decisiones políticas.

El problema de la representatividad y otros desafíos

La fragmentación de los sistemas de partidos y los parlamentos dificulta la formación de mayorías gubernamentales.

Incluso si muchos partidos mantienen una agenda temática bastante limitada o solo persiguen intereses clientelistas —en ocasiones, únicamente los intereses personales de sus líderes—, en la mayoría de las democracias todavía existen partidos que se esfuerzan honestamente por representar los intereses sociales. No obstante, también se tropiezan con algunas características estructurales de las sociedades modernas que les dificultan el desempeño de sus funciones de representación y articulación de intereses sociales (Ignazi, 2017; Rahat y Kenig, 2018).

Resulta particularmente grave que el vínculo de muchos partidos con determinadas clases sociales se haya roto o, en algunos casos, apenas exista o nunca antes haya existido. La individualización y diversificación de estilos de vida en muchas sociedades alrededor del mundo —que ha afectado también a otras instituciones, provocando una disminución en la afiliación a sindicatos u otras asociaciones— ha debilitado, asimismo, la base social de los partidos que surgieron de tales agrupaciones y estratos sociales, con los que estaban estrechamente relacionados. Ello generó un problema de representatividad, manifiesto en la pérdida de votantes en partidos que antes eran importantes. Esto se puede ver con claridad en el declive de los partidos socialdemócratas o socialistas, cuyo antiguo electorado principal —los obreros industriales tradicionales—, después de las transformaciones de la sociedad industrial moderna, hoy no existe más.

El problema de representatividad de los partidos establecidos tiene, empero, otras consecuencias. Entre ellas está, por ejemplo, la proliferación de nuevos partidos fundados como resultado de la decepción frente a los viejos partidos. No obstante, solo muy pocos de los nuevos partidos están firmemente establecidos, como es el caso de los partidos verdes en muchos países europeos o los partidos populistas de derecha o de izquierda en Europa y América Latina. En algunos países surgieron nuevos tipos de partidos y nuevos modelos de organizaciones partidistas, como los partidos de Internet» (el Movimiento 5 Estrellas, en Italia). Como consecuencia de la frustración frente a las agrupaciones políticas tradicionales, estas nuevas formaciones pueden lograr éxitos electorales con relativa velocidad. Con todo, su vigencia a mediano plazo es, a menudo, limitada, al menos en lo que se refiere a su presencia en los parlamentos nacionales. Su participación en los gobiernos resulta fatal de modo particular, ya que muy pronto experimentan que la acusación de escasa representatividad se dirige ahora contra ellos mismos —pues también ellos pueden implementar tan solo una fracción de su programa y de sus promesas de gobierno—. Este ascenso y caída de un partido nuevo se puede observar, claramente, en el Movimiento 5 Estrellas. El auge de nuevos partidos es, así pues, más un indicador de las debilidades de un sistema democrático que una alternativa. El mismo dilema relativo a la fundación de nuevos partidos resulta evidente en el Perú. Allí los partidos son esencialmente máquinas electorales que después de cada elección se refundan, sin lograr construir una estructura permanente. Por ello, el país ha sido descrito como una democracia sin partidos (Levitsky y Cameron, 2003).

El debilitamiento de los lazos entre los estratos sociales y ciertos partidos ha creAdo una volatilidad creciente en el comportamiento de los votantes, lo que, a su vez, dificulta que los partidos conozcan y predigan quiénes son sus electores y cómo pueden ser abordados. Finalmente, la fragmentación delos sistemas de partidos y los parlamentos dificulta la formación de mayorías gubernamentales. Ante todo, el problema de representatividad ha dado vida al populismo.

El problema de representatividad de los partidos también se ha visto favorecido por el hecho de que, en las últimas décadas, se han abierto numerosos canales alternativos que conectan directamente a los ciudadanos con los procesos de la toma de decisiones políticas. Cada vez menos aquellos necesitan a los partidos para articular sus intereses y preocupaciones. Los nuevos medios de comunicación y las redes sociales ofrecen numerosas y variadas formas de articulación. Si un ciudadano puede comunicarse directamente con su diputado o, incluso, con el jefe de Gobierno a través de una de estas plataformas, no necesita un partido como intermediario.

En tiempos recientes, el desarrollo de los partidos y de los sistemas de partidos se ha visto fuertemente influenciado también por aspectos socioculturales. Aquí, dos polos se enfrentan de manera irreconciliable. Un polo liberal enfatiza la tolerancia, el desarrollo propio, la autorrealización, la libertad colectiva, las sociedades multiculturales, la emancipación, el pacifismo, los derechos de las minorías, la protección del medioambiente y la inclusión cultural y política. Los movimientos Black Lives Matter o Me Too, además del movimiento de protección frente al cambio climático, adquirieron gran importancia política antes del estallido de la pandemia, lo que también arrastró a muchos partidos. El otro polo, más autoritario, enfatiza, por el contrario, el nacionalismo, la seguridad interna y externa, las identidades culturales mayoritarias, la conformidad con estilos de vida tradicionales o una lucha restrictiva contra el crimen. Asimismo, los conflictos entre integración versus delimitación, cosmopolitismo versus comunitarismo o pluralismo versus populismo se dejan retratar sobre este eje polarizador. La afluencia de partidos populistas sin duda se ha visto favorecida por dicha polarización, sea entre los partidos populistas de izquierda como de derecha. Ambos tienen en común la crítica a la globalización. Mientras que los populistas de izquierda enfatizan la desigualdad social como resultado de una mayor competencia entre las economías, los populistas de derecha temen los efectos sobre la identidad nacional y cultural como consecuencia de la migración promovida por la globalización. Ambos polos son un problema para los partidos y sistemas democráticos de partidos, pues mantienen su escepticismo frente al pluralismo social y político, si es que no lo rechazan por completo. La llamada cultura de cancelar es un ataque a dicho pluralismo social y político también; y sus partidarios a menudo no son conscientes de que están cuestionando los pilares básicos de la democracia.

Muchos partidos intentan enmascarar su pérdida de adeptos y votantes mediante la personalización. En las campañas electorales ocultan el nombre y logotipo de su partido y, en cambio, ponen a las personas en el centro de sus campañas. No obstante, la personalización y la presidencialización solo exacerban, en última instancia, el efecto antipartido (Poguntke y Webb, 2005; Rahat y Kenig, 2018). Cuando los candidatos y representantes ya no se reconocen en su partido, queda oculto aquello que representan. Los ciudadanos y los votantes ya no saben si sus propias preocupaciones e intereses están representados por el partido y de qué manera lo están.

No existe una alternativa a los partidos

Muchos partidos intentan enmascarar su pérdida de adeptos y votantes mediante la personalización.

Una vez y otra se alzan las voces que reclaman formas alternativas de participación política e incluso formas diferentes democráticas, ante la debilidad de los partidos. Por una parte, algunas organizaciones de la sociedad civil, especialmente aquellas con el rótulo de movimientos sociales, reivindican una especie de función sustitutiva frente a los partidos y exigen una participación en las cuestiones relevantes de gobierno, lo que devendría en gobiernos más «democráticos» (Ibarra, 2003, p. 16). Por otra parte, se reclama la introducción de nuevas formas de democracia, que den mayor prioridad a formas de participación suprapartidistas o no partidistas y reemplacen los patrones tradicionales de representación política que caracterizan la democracia de partidos.

Foto: shutterstock.com

La mayoría de las propuestas en torno a formas alternativas de participación siguen la idea de una democracia deliberativa (Bächtiger et al., 2018). Se trata de una especie de diálogo constante entre la política y la sociedad civil con el objetivo de llegar a un acuerdo sobre los temas y cuestiones inminentes. La discusión racional y dialógica en la sociedad (y no la representación de los partidos) conduciría a una relegitimación de los principios democráticos, puesto que promovería el compromiso cívico y la participación social. De hecho, en todo el mundo, existen hoy día diferentes formas de semejante democracia directa o deliberativa. Un ejemplo de ello son los llamados consejos de ciudadanos o jurados populares, en los que un pequeño número de ciudadanos, generalmente seleccionados al azar, son incluidos en la toma de decisiones en torno a cuestiones de interés local o incluso nacional. Los miembros de dichos consejos ciudadanos reciben información de expertos y luego se les pide que hagan recomendaciones bien meditadas, que la autoridad política responsable debe tomar en cuenta en sus decisiones correspondientes. Este proceso de participación cívica ha encontrado nuevos partidarios desde su implementación en Irlanda, como parte de la reforma constitucional de aquel país a favor de la introducción del derecho al aborto en 2018. En Francia, el presidente Macron formó un comité de 35 ciudadanos, seleccionados al azar en enero de 2021, que debían asesorar la campaña nacional de vacunación. En el mismo mes, el Parlamento alemán convocó un consejo de ciudadanos que debía desarrollar propuestas en torno al «papel de Alemania en el mundo». Tal consejo serviría asimismo para «fortalecer la confianza en la política y dar un nuevo impulso a la democracia representativa», como enfatizó el presidente del Parlamento, Wolfgang Schäuble.

A pesar de generar expectativas optimistas, estos consejos ciudadanos tienen un gran déficit de legitimidad. Como sucede con otras formas de democracia deliberativa, se trata aquí de un modelo elitista que arrebata la decisión de las manos de los ciudadanos y amplía la influencia de los llamados expertos. Y, sin embargo, nadie puede garantizar que tengan en cuenta y ponderen de mejor forma los intereses de los ciudadanos, en comparación con los representantes políticos electos. En estos modelos, por tanto, el paso hacia el autoritarismo no queda muy lejos, pues todos los no expertos, es decir, los ciudadanos normales, en algún momento se ven amenazados con perder completamente sus derechos de voto.

En una democracia, sin embargo, las decisiones políticas deben tener en cuenta los diferentes intereses de la sociedad. Los partidos políticos son las instituciones que representan esta diversidad de intereses en los parlamentos y, al participar en las elecciones, alcanzan un grado de legitimación de las decisiones y del ejercicio del poder político que los consejos ciudadanos o las organizaciones de la sociedad civil no pueden lograr. Estas pueden ejercer determinadas funciones que también competen a los partidos. Sin embargo, no cumplen con su función más importante: la participación en las elecciones generales; lo que no solo asegura a los partidos su poder político, sino también les otorga la legitimidad y la representatividad de cara a sus funciones legislativas y ejecutivas. Los consejos de ciudadanos y los movimientos sociales no pueden reemplazar a los partidos, puesto que no brindan ninguna evidencia empírica de su apoyo real en la sociedad. Esto constriñe su derecho a la decisión política conjunta.

En algunos países, los propios movimientos sociales se han transformado en partidos políticos, como los Verdes en Alemania y otros países, o como Podemos en España. Por lo tanto, son la mejor evidencia de que en la democracia representativa no existe una alternativa a los partidos como instituciones que representen los intereses de la sociedad en su conjunto.

¿Los partidos políticos como modelos para el futuro?

El papel central que ocupan dentro de la democracia no otorga carta blanca a los partidos frente a las deficiencias organizativas o las debilidades personales de sus líderes. Pues ello no solo perturba su propia supervivencia en la disputa política, sino también la supervivencia de la democracia dentro de la competición de los sistemas políticos, que hoy, treinta años después del fin del conflicto Este-Oeste, resurge bajo la forma de nuevos presagios.

En el futuro, los partidos probablemente tendrán aún más dificultades para agrupar la diversidad de intereses existente y en constante expansión en las sociedades modernas, así como para filtrar propuestas políticas que representen las preocupaciones de un gran número de ciudadanos. Por ello, es muy probable que, en muchos países, siga creciendo el número de partidos, cada uno de los cuales, a pesar de representar una gama limitAda de intereses, será capaz de ganar escaños parlamentarios. Como tal, esto no constituye ningún desafío para la democracia, la que básicamente reconoce el pluralismo de opiniones e intereses como un elemento constitutivo. No obstante, es probable que en el futuro sea más difícil formar gobiernos estables en muchos países. En los sistemas de gobierno presidenciales, el jefe de Gobierno es elegido directamente; mas para la aprobación de las leyes requiere, en términos generales, también mayorías parlamentarias, es decir, mayorías partidistas. Allí donde la gobernabilidad se ve obstaculizada permanentemente por la diversidad de partidos, el orden democrático está en peligro; ya sea porque los populistas pretendan sacar provecho de las dificultades que enfrentan los partidos establecidos —lo que siempre conlleva una amenaza para la democracia—, ya sea porque los militares, los líderes autoritarios o los partidos antidemocráticos de distinta índole conquisten el poder (a veces incluso democráticamente) para luego poner fin a la democracia un paso a la vez.

[Los partidos políticos], al participar en las elecciones, alcanzan un grado de legitimación […] que los consejos ciudadanos o las organizaciones de la sociedad civil no pueden lograr.

Para los partidos políticos, en prácticamente todos los países del mundo, esto se traduce en la tarea de adaptar constantemente su programa, su organización, el trato con sus afiliados, su comunicación, el contacto con los grupos sociales, etc. a los desafíos derivados del cambio social, con el fin de mantener y mejorar su capacidad de representación. También necesitan líderes políticos que tengan las cualidades pragmáticas, personales y éticas para liderar con éxito a un numeroso grupo de personas.

Los partidos políticos están en una posición ventajosa para abordar estas tareas, pues la elección del Parlamento y del Gobierno seguirá siendo un elemento central de la democracia, incluso si la forma de los procedimientos de votación llegase a cambiar. En el futuro previsible, los partidos mantendrán, a su vez, su papel central como mediadores entre el Estado y la sociedad. Seguirán jugando un papel crucial en las elecciones democráticas porque nominarán a la mayoría de los candidatos, tendrán la mayoría de los diputados en los parlamentos y conformarán también los gobiernos. Debido a las elecciones generales y libres, mantienen una ventaja decisiva, en lo que respecta a la legitimidad, frente otros actores políticos o procesos de toma de decisiones.

Para constituirse en un modelo para el futuro, los partidos políticos deben estar preparados para reformas. La lista a continuación enumera algunas características que cualquier partido debería mostrar (Hofmeister, 2021), no solo para lograr el éxito electoral, sino también para ofrecer una contribución útil al fortalecimiento de la democracia de su país.

Características de un partido exitoso

  • Sus líderes y afiliados respetan los principios y procedimientos de la democracia libre.
  • Cuenta con un programa de base en donde se definen los valores y principios, compartidos por todos los miembros, en los que se cimienta su acción política.
  • Sus programas electorales y su política central se asientan en sus valores básicos y ofrecen soluciones concretas en diver- sos ámbitos políticos.
  • Cuenta con una estructura organizacional sólida en todas las localidades del país.
  • Procura una fuerte presencia en las ciudades y municipios de su país mediante la construcción de estructuras partidistas locales que conduzcan a la elección de alcaldes y miembros en los órganos representativos locales. Su desempeño en los municipios es un pilar importante para el éxito en las elecciones nacionales.
  • La sede nacional del partido trabaja profesionalmente y apoya el liderazgo del partido, pero también [apoya] el esquema regional y local, especialmente en lo concerniente a las políticas públicas y de comunicación, así como en aquello referente a la planificación y conducción de las campañas electorales y otras campañas políticas.
  • Sus afiliados se mantienen informados de manera continua, abierta y transparente sobre la postura de los líderes del partido y los parlamentarios con respecto a las cuestiones políticas, pero también en torno a los procesos internos del partido más importantes.
  • Promueve la igualdad entre hombres y mujeres, la elección de mujeres para cargos directivos y la nominación de mujeres como candidatas en las elecciones.
  • Sus afiliados participan activamente en los debates y procesos internos del partido, participan en la elección de los líderes del partido, la nominación de candidatos, en las discusiones sobre cuestiones relevantes de la política y sobre acciones políticas, y apoyan activamente al partido y a sus candidatos en las elecciones.
  • Buscan activamente participantes transversales que aporten experiencias desde fuera de la política y, por ende, fortalezcan su capacidad de representación.
  • Las opiniones controvertidas sobre temas de fondo y las discusiones en torno a la elección de puestos de liderazgo y la nominación de candidatos son bienvenidas en vez de ser reprimidas bajo la presión de conformidad partidista, siempre y cuando los participantes en el debate respeten los valores y principios fundamentales del partido.
  • La labor de relaciones públicas y discursos políticos se basan en una estrategia de comunicación que genere una opinión positiva a favor del partido, a través de la información regular y honesta sobre las metas e intenciones de este. Para tal fin utiliza todos los métodos, medios y plataformas relevantes disponibles y está preparado para reaccionar de forma rápida y adecuada a las críticas o acusaciones falsas (fake news).
  • Apuntala su financiamiento exclusivamente sobre fondos adquiridos legalmente y da cuenta pública y transparente de sus ingresos y gastos y, en particular, del financiamiento de sus campañas electorales.
  • Busca y mantiene el contacto continuo con diversos grupos sociales y organizaciones para conocer sus opiniones y expectativas políticas, evaluándolas en función de sus propios valores y fines políticos, y representando los intereses de aquellas instituciones políticas alineadas con sus valores y objetivos.
  • Su personal directivo se distingue por su experiencia y respeto por los principios éticos, a los que se adhieren al tomar decisiones sobre el destino de otras personas. Su personal directivo y sus funcionarios electos no solo tienen una carrera como políticos y funcionarios de partido, sino que también han adquirido experiencias en otras áreas de la economía y la sociedad antes de su ascenso en la política.

Referencias bibliográficas

  • Bächtiger, A., Dryzek, J. S. Mansbridge, J., y Andre, M. W. (eds.). (2018). The Oxford Handbook of Deliberative democracy. Oxford: Oxford University Press.
  • Corporación Latinobarómetro. (2020). Informe Chile 2020. Disponible en https://www. latinobarometro.org/lat.jsp
  • Diamond, L., y Plattner, M. F. (eds.). (2015). Democracy in Decline? A Journal of Democracy. Baltimore: The Johns Hopkins University Press.
  • Hofmeister, W. (2021). Los partidos políticos y la democracia. Madrid: Marcial Pons (en prensa).
  • Huntington, S. (1986). Political order in changing societies. New Haven y Londres: Yale University Press.
  • Ibarra, P. (ed.). (2003). Social Movements and Democracy. Nueva York: Palgrave.
  • Ignazi, P. (2017). Party and Democracy. The Uneven road to Party Legitimacy. Oxford: Oxford University Press.
  • Levitsky, S., y Cameron, M. (2003). Democracy Without Parties? Political Parties and Regime Change in Fujimori’s Peru. Latin American Politics & Society, 45(3), 1-33.
  • Poguntke, T., Webb, P. (2005). The Presidentialization of Politics. A Comparative Study of Modern Democracies. Oxford: Oxford University Press.
  • Rahat, G., y Kenig, O. (2018). From Party Politics to Personalized Politics? Party Change und Political Personalization in Democracies. Oxford: Oxford University Press.