Elecciones y campañas en tiempos de polarización
Frank Priess

Frank Priess

Subdirector del Departamento de Cooperación Europea e Internacional de la Fundación Konrad Adenauer.

Ya sea de cara a elecciones democráticas o no democráticas como para las esperanzas de la gente que participan en ellas, una misma pregunta básica vale lo mismo: ¿quién tiene la respuesta correcta frente a los desafíos del futuro, con quién estaremos mejor en el futuro? Esta pregunta movilizó a la gente ayer y la moviliza hoy.

Una vez más, los ojos de todo el mundo se volvieron hacia la reciente campaña electoral presidencial de los Estados Unidos. Ello aplica tanto a los analistas políticos como a los activistas electorales, quienes aún consideran las elecciones en los Estados Unidos como la madre de todas las batallas, incluso en términos de las innovaciones tecnológicas y el desarrollo de los métodos de campaña (campaigning). Lo único cierto de ello es que los Estados Unidos son, más bien, la gran excepción y no tanto el gran modelo a seguir: las condiciones en las que se llevan a cabo las elecciones son demasiado particulares y el uso de fondos no tiene comparación. Aun así, durante el período previo a las semanas cruciales los consultores internacionales ya estaban dando vueltas con sus carritos de compra dentro del supermercado electoral de Estados Unidos para llevarse aquellos instrumentos que acaso pudieran marcar una diferencia en casa.

Una vez más, la atención se centró en lo digital, y no solo por el coronavirus. «Seguramente será la campaña electoral más digitalizada de la historia de los Estados Unidos», predecía Mario Voigt muy al principio. Trump llevaba la delantera en cuanto a seguidores en Twitter y amigos en Facebook. En la memoria aún está fresca la disputa contra la empresa Cambridge Analytica por el uso desleal de los algoritmos y los datos de usuarios de redes sociales como Facebook, famosa justo por ello, abordada en el libro Mindf*ck de Christopher Wylie, denunciante de la trama. Paul Starr lo resume: «El brexit de 2016 y las elecciones en Estados Unidos proporcionaron ejemplos globales concretos de la desinformación encubierta a través de Facebook».

Mensajes fuera del alcance del radar

Los rasgos de personalidad son la base para pronosticar el comportamiento de voto, el cual, a su vez, puede ser guiado a partir de noticias e información personalizada en la plataforma social correspondiente. Con ello se vuelve posible una microfocalización de alcance desconocido. Métodos provenientes del campo de la guerra psicológica tienen el encanto adicional de que, sin esfuerzo, vuelan por debajo del alcance del radar de la atención general y, por lo tanto, refuerzan aún más el elemento sorpresa: los cambios solo se reconocen gradualmente. Los mensajes solo son visibles, generalmente, en círculos cada vez más inmediatos; la discusión en el espacio público carece de fundamento. Además, existen instrumentos como el uso del marketing de influencers: los partidos están cortejando intermediarios creíbles, en especial, con miras a los grupos más jóvenes. El famoso video de Rezo sobre la «destrucción de la CDU», durante la campaña electoral europea alemana, brindó un ejemplo emblemático: la respuesta masiva, el elevado número de visualizaciones y las correspondientes reacciones en todos los medios tomaron al partido por sorpresa y su tímida respuesta, vía pdf, provocó lástima y sorna. Entretanto, la CDU reaccionó y situó las tareas digitales visiblemente en una nueva posición: la reacción soberana al robo de la letra C (en la sede del partido) por activistas de Greenpeace es solo un ejemplo de ello.

Mientras que la influencia de Twitter y Facebook aún no ha sido digerida del todo, desde hace tiempo la comunidad está preocupada con la aplicación política de nuevas plataformas, como TikTok o Telegram. La aplicación aparentemente inofensiva donde se suben videos cortos, utilizada de forma masiva por una audiencia joven, plantea a los oficiales de campaña la pregunta inmediata de si no se podría también utilizar políticamente para la transmisión de mensajes propios, puesto que los servicios de mensajería instantánea suelen ser los instrumentos de elección cuando se trata de consultar y convocar entre los grupos cerrados de usuarios. Cuanto más discreto, mejor. Nury Astrid Gómez Serna, experta colombiana en comunicación, ve un desarrollo de la masificación de la selectividad no solo en el ámbito digital, sino también de cara a las campañas electorales.

Actualmente, es tangible una carrera entre aquellos que encuentran una nueva libertad a partir de nuevas herramientas y aquellos que, de inmediato, quieren volver a cerrar esas ventanas.

Para complicar las cosas, estos instrumentos abren, a su vez, las puertas a la influencia de actores externos. Cuánto contribuyó Rusia a la victoria electoral de Donald Trump en 2016, o al éxito de la campaña a favor del brexit, sigue siendo objeto de controversia y nunca del todo aclarado. Paralelamente, los déficits en ciberseguridad contribuyen a debilitar aún más la confianza en la legitimidad de las decisiones democráticas, especialmente en sociedades ya polarizadas. Cuando los candidatos sugieren a sus propios seguidores que la propia derrota solo pudo haber sido resultado de manipulaciones, es muy probable que este mensaje caiga en tierra fértil y genere consecuencias imprevisibles.

La polarización de las sociedades y el debilitamiento de su cohesión interna a lo largo de los años —sobre el papel de las esferas de filtración aún queda mucho por discutir— contribuye a la formación de un marco en el que se dan muchas disputas electorales, con elementos nuevos dentro de discusiones familiares. Los contrastes entre la ciudad y el campo, las preferencias partidistas con base en presupuestos educativos o con base en las distintas realidades laborales, cuestiones generacionales, todo esto siempre ha existido. Sin embargo, estas líneas de fractura parecen estar particularmente acentuadas ahora.

El problema de las previsiones

Ello también contribuye al hecho de que, repetidamente, los pronósticos sobre los resultados electorales en todo el mundo resultan completamente equivocados: cualquiera que en Rusia mire hacia las grandes ciudades de Moscú y San Petersburgo y allí se enfoque en los jóvenes con afinidades internacionales, seguramente percibirá una oposición más fuerte hacia la Rusia unida de Putin, en contraste con zonas rurales y tradicionales, a las que se puede llegar con mensajes completamente diferentes y en las que el nacionalismo y la filiación a la Iglesia juegan un papel mucho más importante. En la denomina da Primavera Árabe, la atención se trasladó hacia las personas reunidas en las plazas de las principales capitales y soslayó la mirada hacia orientaciones tradicionales y el poder organizativo de asociaciones como los Hermanos Musulmanes, cuyos objetivos no coincidían ya con el esperado camino hacia

la modernidad occidental. Este pensamiento mágico entra en juego también al mirar hacia los Estados Unidos, y no solo desde la perspectiva alemana, cuando se espera que los modernos demócratas de la costa este y oeste, apoyados por los grandes intereses de Hollywood, prevalezcan y no sean derrotados por los provincianos y deplorables ciudadanos del Medio Oeste y el cinturón bíblico.

Sin embargo, existe evidencia de que esta imagen también podría haber sido planteada en blanco y negro. Las actuales elecciones regionales en Rusia dejan ver que la gente fuera de las metrópolis está enojada por la corrupción de los gobernantes y que aquellos que lo demuestren de manera explícita y usen tácticas electorales inteligentes tienen posibilidades de victoria, asumiendo que sean elecciones medianamente libres y justas. Las elecciones en Bielorrusia también mostraron que los movimientos de protesta contra un régimen autoritario pueden abarcar un gran número de capas. Y, en algunos lugares, tales expectativas llevan a los gobernantes a evitar una elección al menos parcialmente democrática, excluyendo a los candidatos opositores, e intimidando a la gente y a los medios de comunicación. Véase Hong Kong.

Actualmente, es tangible una carrera entre aquellos que encuentran una nueva libertad a partir de nuevas herramientas y aquellos que, de inmediato, quieren volver a cerrar esas ventanas.

Mientras tanto, hoy hemos aprendido que las redes sociales también pueden ser un arma de doble filo. En el comienzo de algunos movimientos sociales o democráticos se consideró de sentido común que con ellos había amanecido una época de desarrollo democrático que ya no podría ser controlada por los gobernantes. Las reuniones «espontáneas» para manifestarse y otras acciones desarrollaron una fuerza tremenda, incluso en países como Irán y la Revolución

verde de 2009. Con todo, los regímenes autoritarios rápidamente aprendieron de ello, se infiltraron en las redes sociales, acordonaron dichos movimientos dentro de amplios cortafuegos y los censuraron sin piedad, en parte con el software más moderno y respaldados por empresas de tecnología occidentales, temerosas de las cuotas de mercado. Actualmente, es tangible una carrera entre aquellos que encuentran una nueva libertad a partir de nuevas herramfientas y aquellos que, de inmediato, quieren volver a cerrar esas ventanas. Una salida abierta.

Muletilla irrebatible: «soberanía de Internet»

El Occidente liberal —desde hace tiempo no más un término geográfico— debería, sin embargo, garantizar que los regímenes autoritarios no puedan, como principio, invocar acuerdos internacionales en el campo de las telecomunicaciones cuando esclavizan a su sociedad civil bajo el disfraz de la llamada soberanía de Internet. Y esto ni siquiera toma en cuenta las «armas» representadas por los nuevos instrumentos de vigilancia del mundo digital en manos de regímenes autoritarios y totalitarios. Un sistema de crédito social como el de China hace que las personas sean transparentes para el Estado hasta en el último rincón de su privacidad. Ya es de por sí preocupante que las empresas chinas exporten dicho software con gran éxito: la lista de clientes, sobre todo en África, es ilustrativa; países como Venezuela también gustan de usarlo. Gran parte de lo que se está desarrollando actualmente con objetivos económicos, basado en inteligencia artificial y big data, fácilmente encuentra su camino hacia aplicaciones políticas en paralelo. Las empresas de tecnología estadounidenses toman aquí también la delantera: la empresa recolectora de data Palantir salió recientemente

a bolsa. Es probable que la cuestión de cómo establecer una protección de datos eficiente pueda contrarrestar esto, y establecer límites a los intereses de información de los usuarios, frente a los negocios y la política, sea una cuestión crucial para el futuro; la cual, a su vez, tendrá efecto sobre las campañas electorales. En muchos países, sin embargo, hay una falta de regulaciones relevantes, según Eduardo Magrani.

Hoy, en cambio, existe una brecha cada vez mayor entre lo que diferentes sectores de la población creen que es la realidad.

Mientras tanto, el cambio de comportamiento de los medios de comunicación también ha tenido efectos considerables en el discurso en la sociedad democrática. Cada vez hay una menor base de información común, como solía ser presentada conjuntamente por las emisoras públicas y los periódicos regionales: el periodista como guardián y filtro ha perdido poder e influencia. Incluso antes, el posicionamiento de los medios tenía escasa influencia sobre lo que se pensaba: las victorias electorales de Helmut Kohl y Ronald Reagan contra la intelectualidad colectiva de los medios de comunicación fueron siempre ejemplos impresionantes. Sobre aquello que uno podía pensar se tuvo, hasta cierto punto, la soberanía. Hoy, en cambio, existe una brecha cada vez mayor entre lo que diferentes sectores de la población creen que es la realidad. El surgimiento de teorías de la conspiración de todo tipo es quizás el ejemplo más sorprendente. Aquellos que interactúen principalmente dentro de su propio grupo, gusten de buscar confirmación en las redes sociales y las consideren representativas de la sociedad en su conjunto tendrán dificultades para aceptar el hecho de que en la elección del voto quepa una mayoría de opciones completamente diferentes a las propias. Lo que nos lleva de regreso a Estados Unidos y a la reciente campaña electoral.

Hoy, en cambio, existe una brecha cada vez mayor entre lo que diferentes sectores de la población creen que es la realidad.

El disgusto partidista y los voceros de esperanzas populistas

Con todo, una mirada a las recientes disputas electorales también revela muchas constantes y refuerza tendencias que se conocen desde hace tiempo. En muchos lugares, los partidos no tienen un horizonte muy prometedor: la tendencia a confiar más en las personas y los movimientos continúa. Muchos partidos no han logrado mantenerse al día con los desarrollos sociales, abrirse a ellos, ser y presentar temas atractivos para las nuevas generaciones. Los miembros fieles al partido con gusto se encierran en un bunker y forman coaliciones elitistas, que pueden ocultar y retrasar un poco el declive, pero hacen poco para cambiar el desarrollo general. En Túnez, por ejemplo, desde las elecciones parlamentarias de 2019, el presidente Kais Saied, apartidista, no ha encargado a ningún representante destacado del partido que dirija el gobierno; él mismo tiende a posicionarse contra enfoques directamente democráticos.

Sin embargo, esto no significa necesariamente que a los portadores de nuevas esperanzas les vaya mejor y la confianza en ellos depositada esté justificada. La consecuencia es que incluso el sistema democrático en su totalidad, con sus mecanismos de reclutamiento, se pone en tela de juicio, y ello justo en un momento de competencia sistémica, cuando los regímenes autoritarios intentan puntuar a su favor a partir de una supuesta eficiencia y haciendo referencia a mejores resultados, por ejemplo, como ha sucedido durante el actual manejo de la pandemia. El hecho de que los déficits del autoritarismo se vuelvan particularmente claros en momentos como los referidos —por ejemplo, cuando la información nace de visiones incorrectas o se oculta por miedo, y falta el correctivo del periodismo de investigación— es una parte esencial del enfoque, junto con el hecho de que los ciudadanos no tienen, en momentos así, la oportunidad de castigar las equivocaciones votando en contra.

Una mirada empírica arrojará resultados ambiguos, por ejemplo, en América Latina. Allí el enfado contra los partidos, en México y en Brasil, durante las últimas elecciones, colocó en la cúspide de los movimientos o de las nuevas formaciones partidistas a fi- guras carismáticas, cuyos resultados políti- cos actuales son pésimos. Por cierto, ambas figuras son sumamente populistas y tienen talento para la polarización: aquí el pueblo, allá las élites podridas. Paralelamente, el clá- sico partido gobernante del presidente La- calle Pou en Uruguay muestra, por ahora, la mejor trayectoria en la dramática lucha contra el covid-19. En algunos lugares sur- gen conflictos que difícilmente se espera- ban venir, dada la estabilidad prevaleciente por años, si bien los problemas subyacentes de desigualdad e injusticia social no fuesen nuevos en absoluto. El mejor ejemplo en tal sentido es Chile. Una consecuencia de ello es, a menudo, la fragmentación total del pa- norama político, la cual no permite ningu- na predicción sobre futuros desarrollos, en particular, cuando las personas son signi- ficativamente más importantes en la deci- sión electoral que las preferencias partidis- tas, políticas y programáticas. Perú ha sido un ejemplo de esto durante mucho tiempo. En todas partes, incluso en América Latina, los comportamientos electorales habitua- les se disuelven, los perfiles de los votantes continúan difuminándose, muchos parti-

dos están tradicionalmente mucho más interesados en la instrumentalización de una campaña electoral exitosa, que en enfocarse en la estrategia y el contenido que deberían transmitirse. Sin embargo, no se pueden ignorar por completo los lazos tradicionales afectivos a largo plazo, especialmente en las zonas rurales y entre la población mayor. ¡Así que no existe una imagen uniforme en ninguna parte!

Democracia bajo asedio

Por supuesto, esto sigue valiendo para las condiciones generales de las elecciones y las luchas electorales, las cuales, en general, apenas han mejorado en los últimos años.

El número de países clasificados como verdaderamente libres por Freedom House y otros organismos similares tiende a disminuir. Reporteros sin Fronteras también está alarmada por la libertad de prensa sometida a una presión masiva en muchos lugares. Numerosas esperanzas con respecto a competencias democráticas justas se han visto frustradas; un excelente ejemplo de ello es el sudeste asiático, donde países como Tailandia y Camboya han dado claros pasos hacia atrás.

El acceso diferenciado a los medios de comunicación sigue siendo una palanca que influye en las elecciones, también en Euro- pa. Lamentablemente, la exclusión de candidatos opositores disidentes del gobierno en turno, la prohibición de partidos, la manipulación de registros electorales, la falta de independencia de los órganos de supervisión (como los tribunales electorales), el procesamiento de miembros de la oposición y los asesinatos por motivos políticos, nada de esto ha pasado de moda.

En situaciones de conflicto, los observadores internacionales reclaman rápida- mente nuevas elecciones, incluso cuando no existieron los requisitos mínimos democráticos para llevarlas a cabo en prime- ra instancia. Ejemplos actuales de ello son países tan diversos como Malí y Venezuela. La oposición se enfrenta, entonces, a la cuestión crucial de si debe participar o no: si lo hace, legitima un proceso más que dudoso. Si no lo hace, se pone a la defensiva en términos de comunicación y se cierra hasta las ventanas más pequeñas de participación. Una cosa está clara: las elecciones son necesarias, pero de ninguna manera indicadores suficientes de si los Estados pueden ser clasificados como democracias. Es interesante, sin embargo, que incluso las dictaduras más oscuras creen que no pueden prescindir de la (falsa) legitimación que otorgan las elecciones.

Los comportamientos electorales habituales se disuelven, los perfiles de los votantes continúan difuminándose.

El día de las votaciones no es Acción de Gracias

Ya sea de cara a elecciones democráticas o no democráticas, como para las esperanzas de la gente que participan en ellas, una misma pre- gunta básica vale lo mismo: ¿quién tiene la respuesta correcta frente a los desafíos del fu- turo, con quién estaremos mejor en el futuro? Esta pregunta movilizó a la gente ayer y la mo- viliza hoy. «El día de las votaciones no es Ac- ción de Gracias», solía decir el asesor de cam- paña de Angela Merkel, Klaus Schuler, seña- lando con ello que la gratitud suele tener un uso limitado como categoría política. ¿Exis- te un deseo de cambio o no? ¿La gente está más satisfecha o menos? En los sistemas par- lamentarios, estas preguntas dan forma a las decisiones de voto, a través de la conexión con los partidos, incluso más que en sistemas pre- sidenciales. En especial, cuando gobernantes exitosos no pueden postularse de nuevo y la transferencia de imagen hacia sucesores pre- ferenciales solo es posible hasta cierto punto.

Una categoría central en las decisiones electorales sigue siendo la confianza personal que generan los candidatos, y que surge in situ, independientemente de que se com- prenda o no desde el exterior. En consecuencia, las herramientas de las campañas electorales como las caravanas motorizadas, las asambleas ciudadanas y los grandes eventos, en países como Tanzania no pasan de moda: siguen siendo el lugar de encuentro central entre los votantes y los candidatos. Los partidos políticos harían bien en contar con una

amplia gama de instrumentos y en comunicarse con sus votantes a través de todos los canales (posibles): una buena oferta digital es un requisito ineludible hoy en día, pero las formas tradicionales de las campañas electo- rales, como las clásicas visitas a domicilio, no son para nada obsoletas. «Los estadounidenses están lejos de ser meros títeres en manos de Silicon Valley», concluyó Paul Starr de su país. En África, instrumentos como los rastreadores de promesas electorales, utilizados en Senegal, Kenia y Sudáfrica, ayudan a monitorear el desempeño político.

Las elecciones en torno a la personalidad de un candidato tienen que ver con el hecho de hacer las candidaturas auténticas y creíbles —y hacer de lado también ciertas in- consistencias—. La simpatía cuenta, la cercanía a la gente es un criterio importante y reconocer que un candidato no le gusta a la gente significa casi una sentencia de muerte política. Y, por supuesto, las elecciones hoy en día tampoco son un concierto de buenos deseos, sino una decisión concreta entre diferentes alternativas. También con el mal

menor cabe una oportunidad y, por ello, la campaña de los demócratas en Estados Uni- dos en términos de una lucha por los valores y las buenas costumbres, con la cual quisieron convertir las elecciones en un referéndum sobre Trump, tuvo sus escollos.

En general, por supuesto, la cuestión de qué papel juegan realmente las campañas electorales al final del día permanece abierta. Ciertos elementos de la decisión de voto se acumulan durante un largo tiempo. A su vez, en muchos lugares, el número de personas indecisas sigue siendo muy alto pocos días antes del día de votación. Y existen suficientes ejemplos de que la cómoda ventaja se convierte en nada en los metros finales de la carrera.