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Manfred Steffen, Rafael Radi y Ángel Arellano

Carlos castillo

Fundación Rafael Preciado Hernández, México http://frph.org.mx
Manfred Steffen, Rafael Radi y Ángel Arellano

Carlos Andrés Pérez M.

Centro de Análisis y Entrenamiento  Político (caep), Colombia http://caep.co

Manfred Steffen, Rafael Radi y Ángel Arellano

Paola Bautista de Alemán

Instituto de Estudios Políticos, Económicos y Sociales forma, Venezuela https://redformaweb.com

La formación de jóvenes políticos y el asesoramiento de los partidos políticos son actividades fundamentales de la Fundación Konrad Adenauer en América Latina. En casi todos los países del continente el Programa Regional Partidos Políticos y Democracia coopera con instituciones locales para desarrollar estas actividades. El diálogo entre la academia y la política constituye una actividad de particular relevancia.

Conocimiento y gobierno

El distanciamiento entre partidos políticos y ciudadanía tiene su correlato en la separación que existe entre aquellos y la sociedad civil organizada, consecuencia de la hiperespecialización que distingue a la esfera pública del siglo xxi y que trajo consigo un retraimiento de los diversos actores e instituciones que conforman los centros nacionales e internacionales de poder.

Retraimiento implica ensimismarse, quedarse en sí mismo, abocarse a lo propio y dar la espalda a otros organismos: en el caso de los partidos, convertidos en maquinarias electorales con el objetivo casi exclusivo de ganar en los comicios que cada determinado tiempo se organizan; en el caso de la sociedad civil, pertrechada en sus propias y diversas áreas de interés donde se convierte en portavoz de intereses que, por su alto nivel técnico, se mantienen casi siempre al margen de la discusión pública y se restringen al ámbito especializado.

Esta situación, que podría parecer negativa, conlleva la gran ventaja de que el conocimiento que unos y otros desarrollan resulta de sumo complejo y especializado, limitando el área de interés particular y ahondando en ella hasta convertirse cada cual en experto en su propia materia. Los estudios, investigaciones, proyectos y análisis que se desprenden de ello representan un baluarte de diagnóstico y soluciones que, no obstante, adolece en muchos casos de la capacidad de vincularse de manera adecuada y oportuna con las y los tomadores de decisiones: gobiernos, partidos y representantes del poder público.

La ciencia, de este modo, pareciera destinada solamente a ser requerida cuando la urgencia, las catástrofes o lo contingente se instalan como emergencia; solo entonces, la política voltea a otras áreas de especialidad para trabajar de manera conjunta con sus pares especialistas, en una relación momentánea de excepcionalidad.

La pandemia de covid-19 ha resultado un claro ejemplo de que esa forma de convivencia no sirve para construir lazos de confianza. Una vez que se ven forzadas ambas esferas a pactar un trabajo compartido, se parte de la sospecha o la duda mutuas, de los cuestionamientos entre una y otra parte respecto de sus capacidades y la consecuente pérdida de tiempo y recursos que, en este caso, se traduce en pérdida de vidas que, lejanas a estas cuestiones, padecen la incapacidad de especialistas de hacer útil y funcional el conocimiento en beneficio de la población.

Marcha por la ciencia, frente al Capitolio, Washington D. C.
Fuente: Shutterstock

La cercanía entre ciencia y política no puede reducirse a la excepcionalidad ni a la emergencia. Tampoco puede convertirse en el predominio de aquella sobre esta, pues se corre el riesgo de caer en tecnocracias que han demostrado su capacidad deshumanizadora y su distancia de una realidad cada vez más compleja, diversa y plural. La construcción de espacios intermedios se vuelve en ese sentido una posibilidad de establecer un diálogo continuo, cercano, capaz de sensibilizar a unos y otros sobre la necesidad de soluciones capaces de anticiparse, de resolver y de reunir lo mejor de unos y otros en torno del interés conjunto de la población.

Los centros de pensamiento e investigación partidistas se erigen así como esos espacios donde confluyen el conocimiento técnico y la política, donde ambas especialidades convergen para fungir como correas de transmisión del saber y la experiencia hacia los espacios de toma de decisión, donde a partir de la especialidad en materias específicas se diseñan las políticas públicas que los partidos ofrecerán como programas de gobierno y, en caso de triunfo electoral, llevarán a la práctica a través de autoridades y representantes.

Esto hace posible la vinculación de la ciudadanía —representada desde la sociedad civil, la academia, los institutos de investigación, los colegios de expertos y otros espacios de generación de conocimiento— con partidos políticos conscientes de sus limitaciones y sus capacidades, entendiendo ante todo que hoy los propios partidos son por sí mismos incapaces de suplir la complejidad de esferas de especialidad en cuestiones que van del cambio climático, las energías renovables o la virología hasta la movilidad urbana, el desarrollo sostenible, las cuestiones de género y otros temas que resultan de primer orden en la agenda pública de los países y la humanidad en su conjunto.

En México, la Fundación Rafael Preciado Hernández nació con la vocación de ser ese puente que permitiera acercar el conocimiento técnico a la práctica política del Partido Acción Nacional. Para ello, la investigación académica, las publicaciones periódicas de la revista Bien Común y de una decena de libros que se publican al año, la realización de foros con especialistas en distintos rubros, así como el intercambio de experiencias con la academia, los centros de especialistas y fundaciones a nivel internacional, constituyen estrategias diversas con las que se busca fungir como un puente para subsanar una situación que afecta las capacidades y potencialidades tanto de la ciencia como de la política.

La construcción, institucionalización y aprovechamiento de este tipo de prácticas y de espacios se vuelve hoy en día una necesidad de primer orden como estrategia de vinculación de los partidos, asumiendo que la llamada crisis de representatividad de los actores políticos tradicionales, así como la cerrazón y falta se contacto con la realidad, tiene en este esfuerzo de acercamiento y colaboración la posibilidad de subsanarse y, sobre todo, de convertir a las fuerzas políticas en auténticos puentes entre la ciudadanía y el Gobierno.

Legitimarse desde la especialización, la representatividad y el profesionalismo es un deber que permite renovar y refrescar el modo de hacer política, aprovechando las posibilidades que abre el siglo xxi, reiterando un compromiso con el mejoramiento de las instituciones que hacen posible, necesaria y, sobre todo, útil a la democracia.

Carlos Castillo

Una unión exitosa

En la academia hay una discusión que parece de nunca acabar: ¿se debe hablar de ciencia política o de ciencias políticas?

La cuestión se puede zanjar argumentando el enfoque diferenciado que hay entre lo que se estudia en los Estados Unidos y lo que se estudia en Francia. Los primeros simplificaron el término y agruparon las ciencias relacionadas (estadística, sociología, sicología, antropología y demás) en una sola, mientras que los franceses mantienen el plural, dándole estatus diferenciado a todas.

Lo cierto es que la utilidad de la ciencia en la política no es solo semántica y los resultados deben ir más allá de la denominación que se elija. Por eso, desde el Centro de Análisis y Entrenamiento Político buscamos ser un punto intermedio entre la academia que usa evidencia científica e investigación y la política de la calle, acostumbrada a conseguir votos con el contacto uno a uno.

Lo complicado de este proceso ha sido demostrar que realmente lo que hace cada una de las partes puede servirle a la otra. Por ejemplo, sacar utilidad de un análisis estadístico multivariante para decirle a un partido político dónde están sus votantes más propensos demandaba primero la realización de un estudio cuantitativo que siguiera unos patrones establecidos para determinar la muestra adecuada y tener las precauciones y la vigilancia necesarias para monitorear la recolección de los datos.

De otro lado, se convirtió en un reto explicar desde las coyunturas únicas que existen en cada comunidad las razones por las que habría que ir ajustando las muestras a medir o las ponderaciones necesarias del final. Contrastar esos resultados con lo que ya había pasado en la vida real requería hacer un trabajo de campo de recolección de datos electorales y mediciones postelectorales de corte cualitativo.

La estadística ha proporcionado a ciencias como la medicina, tan determinantes en la supervivencia de nuestra especie, las luces de cómo avanzar para erradicar enfermedades. Ese mismo patrón, predictor de conductas y resultados, es el que hoy nos ayuda en la política a anticiparnos sobre cómo podría llegar a votar un determinado grupo poblacional o qué lo llevaría a abstenerse.

Pero con la ciencia podemos ir mucho más allá, ahora que nos adentramos en algo tan complejo como el comportamiento humano. En los últimos cinco años se ha estudiado más sobre el funcionamiento del cerebro y, sabiendo que ahí radica el origen de nuestra forma de ser, la pregunta que salta a la vista es ¿por qué no usar esa nueva ciencia al servicio de la política? No hacerlo es como si, conociendo la electricidad, todavía siguiéramos iluminando nuestras casas con lámparas de aceite de ballena como se hacía a mediados del siglo xix.

En el estudio serio de la política se recorren nuevos caminos cada día, inicialmente gracias a las escuelas del ramo que, desde 1880 con la creación de la Escuela de Ciencia Política de Columbia College (hoy Universidad de Columbia) en los Estados Unidos y desde la década de 1960 que empezaron una fuerte conexión entre política y sociedad, a través de la escuela de sociología política, se ha logrado tumbar el muro que se había erigido entre la ciudadanía y los estudios de este tipo.

El paso más difícil se dio hace 140 años cuando se introdujo en un claustro de educación superior el estudio de la política, de la mano del profesor Franz Lieber, alemán que residía en los Estados Unidos, considerado el primer politólogo. Luego vino una época dorada de investigación académica, con grandes resultados a nivel teórico y de análisis filosófico.

Ello dio paso a una nueva generación de politólogos, que trabaja en la actualidad tanto en academia como en terreno y ha logrado combinar la observación de las múltiples disciplinas con la política de a pie, que busca seducir al ciudadano. El mayor aporte de los investigadores y científicos que se interesan por la política y en general por el estudio del comportamiento humano es compartir sus hallazgos con la comunidad de manera abierta para que entre todos —partidos, dirigentes, medios, analistas y demás actores— podamos darle un uso adecuado.

De otro lado, la tarea de los que nos hemos establecido como un puente que conecta ciudadanía y política será mantener la puerta abierta para que desde ambos lados haya interés por el otro.

Carlos Andrés Pérez M.

Virtud y ciencia

Sócrates se dirigió al joven Alcibiades y dijo: «Los Estados para ser dichosos no tienen necesidad de murallas, ni de buques, ni de arsenales, ni de tropas, ni de grandes aparatos; la única cosa de que tienen necesidad para su felicidad es la virtud» (Platón, 1871, p. 194). Precisa así Platón el lugar privilegiado que ocupa la calidad humana en el ejercicio de la política. La referencia me permite compartir y reflexionar sobre el trabajo que forma ha desarrollado en Venezuela desde 2003.

Hace 18 años, un grupo de jóvenes universitarios advertimos la necesidad de trabajar por el país. Nos animó el acelerado desmantelamiento democrático que lideró Hugo Chávez y su revolución. Intuíamos que la libertad se nos iba de las manos y nuestro primer impulso fue buscar consejo. Acudimos a profesores y políticos cercanos. Nos recomendaron no dejarnos llevar por el activismo y dedicar tiempo al estudio. De esta manera, decidimos crear un espacio destinado a nuestra formación. Así nació forma. Una iniciativa que fue creciendo poco a poco. Actualmente somos un instituto de estudios con sede en Caracas. Generamos conocimiento y ofrecemos espacios de formación para jóvenes políticos que contribuyen con la lucha democrática.

La formación política que ofrecemos se sostiene en tres pilares: «i) formar el alma humana para el servicio generoso a los demás, ii) ordenar el carácter para el ejercicio de la política y iii) fortalecer el espíritu para resistir el mal y obrar con justicia» (Matheus, 2019, p. 82). Hemos crecido en revolución y la experiencia totalitaria —como diría Todorov— nos ha confrontado con temas fundamentales. De manera recurrente nos preguntamos sobre el sentido de la política, la relación entre poder y justicia, la importancia de acudir a la inteligencia para descubrir la verdad de las cosas, la libertad como potencia humana y la construcción del bien común… entre otras cosas.

Nos ocurre lo que refiere Voegelin (2006): «En una hora de crisis, cuando el orden de una sociedad vacila y se desintegra, los problemas fundamentales de la existencia política en la historia son más fácilmente reconocibles que en periodos de relativa estabilidad». La dureza del entorno nos ha acercado a cuestiones medulares y hemos construido caminos para acercarnos a ellas. Esos senderos nos han llevado a reconocer a la persona humana como el centro de nuestra acción política. Por tal motivo, dedicamos las primeras sesiones de nuestros seminarios al estudio de la antropología filosófica. Conocer al hombre ofrece al político una medida para sus acciones. Hemos visto que detrás de todo autócrata que roba, persigue, tortura y asesina se encuentra el desconocimiento deliberado de la dignidad humana. Los contenidos de filosofía y teoría política acompañan a otros temas. Ofrecemos sesiones de historia de Venezuela, sistema político venezolano, economía, teorías sobre cambio político (transiciones y transformaciones), gobernabilidad, comunicación política, herramientas para la organización social, participación ciudadana y vida partidista, entre otros.

Nos guían también tres principios pedagógicos que hemos ido perfeccionando con el tiempo: i) políticos que forman a políticos, ii) acudir a fuentes clásicas de conocimiento, y iii) crear experiencias formativas en donde se fomente la amistad cívica. El testimonio anima y mueve conciencias. En palabras del papa Francisco: «Lo que necesita este siglo no son maestros, son testigos» (2015). Consideramos fundamental que quienes impartan formación política sean personas con cierta experiencia de lucha democrática o de labores de gobierno. En segundo lugar, acudir a las fuentes clásicas de conocimiento nos permite encontrar y explorar criterios que pueden ser comunes a todos. Apelamos a ideas universales para promover el pluralismo y la generación de consensos. El tercer principio —crear experiencias formativas en donde se fomente la amistad cívica— es especialmente importante. Los jóvenes que participan en nuestras actividades no han vivido en democracia. Conmueve escuchar sus testimonios. Muchos de ellos jamás han votado. Crecer en dictadura impacta la cultura y los modos de socialización política. Para ellos —y para nosotros— es difícil gestionar los disensos, valorar el pluralismo y moderar las preferencias. Los seminarios de forma buscan ser un oasis democrático en un entorno autocrático.

Nuestros esfuerzos están al servicio del país y ofrecemos aportes en dos dimensiones: personal y social. Primero, hemos impactado directamente a cada una de las personas que participa en nuestras actividades. En 18 años de trabajo continuo hemos atendido a más de treinta mil personas. Entre ellos hay destacados luchadores por la democracia que han llegado a cargos de elección popular y hoy lideran a las fuerzas opositoras dentro o fuera del país. Y segundo, contribuimos a la preservación y creación de condiciones predemocráticas que permitirán avanzar en un eventual proceso de liberación e inauguración democrática. De esta manera ayudamos a superar la incapacidad de organización social e institucional que dejan los sistemas totalitarios. Svetlana Alexiévich, refiriéndose a las recientes protestas en Bielorrusia, afirmó que «la sociedad civil no tiene aún las fuerzas necesarias para lograr la democracia». El ímpetu liberador y movilizador debe ir acompañado de organizaciones estables y partidos políticos fuertes. Sin esa condición, las iniciativas democráticas tienden a naufragar. Recordemos la Primavera Árabe. Conscientes de estos riesgos, tomamos como tarea principal resguardar la cultura partidista de nuestro país y contribuir así con el proceso de transformación democrática.

Hace un año forma pasó a ser instituto de estudios. Después de diecisiete años como asociación civil decidimos avanzar hacia la generación de conocimiento. Nuestro primer producto editorial es la revista Democratización, que se edita en castellano e inglés y tiene como propósito ofrecer claves para comprender el problema venezolano. Democratización es un espacio de encuentro intergeneracional e interdisciplinario para intelectuales y políticos. Acudimos a las herramientas que nos ofrece la ciencia política, jurídica, social y económica para comprender nuestra realidad y construir propuestas de reconstrucción. Próximamente publicaremos nuestro primer libro: Autocracias del s. xxi: caso Venezuela. Nuestros esfuerzos editoriales tienen también una labor testimonial. Buscamos contribuir con la preservación de la memoria histórica de nuestro país.

Al igual que el resto del mundo hemos tenido que ajustar nuestras actividades a las limitaciones que impone la pandemia. En Venezuela, el virus ha significado la profundización de la crisis humanitaria compleja y la cristalización total de los rasgos no democráticos del sistema político. El covid-19 nos ha hecho más pobres y menos libres. Desde marzo hacemos nuestras actividades a distancia. Las limitaciones tecnológicas y estructurales limitan nuestra labor. En Venezuela los cortes eléctricos son constantes y el acceso a internet es limitado. Aún así seguimos operando y la participación ha sido buena. Podemos decir que el balance es positivo. Hemos contado con la participación de invitados internacionales. El mayor desafío será cuando termine la cuarentena y nos enfrentemos con una realidad marcada por meses de control que el sistema querrá mantener como dinámica política en el futuro.

Para terminar vuelvo a Sócrates y a Alcibiades. La liberación y la transformación democrática que exige nuestro país demanda ciudadanos virtuosos que puedan manejar los embates de la dictadura y avanzar con firmeza hacia la democracia. Prudencia, templanza, justicia, fortaleza, caridad, sentido trascendente y esperanza responsable. Estas virtudes deben acompañar a la ciencia para contribuir a la superación de veinte años de revolución. Haríamos mucho mal si pretendiéramos afrontar el desafío de la transformación democrática acudiendo solo a los recursos que ofrece la técnica sin considerar el daño antropológico que ha ocasionado el chavismo. Virtud y ciencia deben acompasarse. Solo así seremos dichosos otra vez.

Paola Bautista de Alemán

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