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Innovación, tecnología y democracia

Juan Carlos Holguín Maldonado

Juan Carlos Holguín Maldonado

Máster en Políticas Públicas (Georgetown University) y candidato a PhD en Gobierno (Universidad de Navarra). Desde los 18 años es emprendedor en áreas de tecnología y transformación digital. Miembro del FAIR LAC, una iniciativa del BID para promover un uso ético de la inteligencia artificial.

Hablar de innovación en medio de la coyuntura de esta pandemia parecería trillado. La llamada nueva normalidad nos ha llevado a palpar lo que realmente significa la revolución digital. Hace pocas semanas, los diarios del sur de nuestro continente comunicaban, con sorpresa, que la empresa Mercado Libre, emprendimiento digital de comercio electrónico y pagos, que hace pocos años inició su operación en un viejo garaje de Buenos Aires, valía ahora casi 25 veces más que ypf, la empresa de petróleos más importante de Argentina en las últimas décadas.

La telemedicina, la educación virtual, el teletrabajo, entre otros términos relacionados a esta revolución tecnológica, se convirtieron en nuestras herramientas más cercanas. Más allá del uso de plataformas tecnológicas de comunicación, también hemos sido testigos de cómo la tecnología ha ayudado a enfrentar esta pandemia. Las aplicaciones de trazabilidad, cercos epidemiológicos, entre otros, han marcado la pauta de este tiempo.

Pero, ¿hemos innovado nuestras estructuras democráticas? ¿Los gobiernos, especialmente de nuestra región, han modificado sus procesos o toma de decisiones con esta nueva coyuntura? ¿Qué está pasando en la educación y la salud pública? El término innovación corre el riesgo de ser abordado con superficialidad. Todos hablan ahora de innovación: los bancos, las universidades, los gobiernos. Pero, en general, no estamos claros en lo que realmente significa innovar. En realidad, podemos tener muchas respuestas. Tendemos a analizar la innovación desde la tecnología. O creemos que innovar es emprender.

En la edición anterior de Diálogo Político Sebastián Grundberger decía que la pandemia ha sido una prueba de que el mundo virtual puede estar sustituyendo al mundo real. Y es verdad, ¡lo ha hecho! Por eso no podemos seguir haciendo lo mismo.

Es importante analizar cómo esta revolución digital está afectando muchos ámbitos de nuestra vida diaria y nuestra democracia. Las redes sociales han generado un impacto definitivo en nuestros sistemas políticos. Y, con ello, no solamente la consecución de poder, sino también los nuevos modos de relación con los ciudadanos. ¿Cómo nos comportamos en este nuevo tiempo?

Para la innovación pública es necesario entender el estado actual de la sociedad, afectada positiva o negativamente por esta nueva revolución. La innovación nos permite hacer las cosas de manera distinta pero solo lo lograremos comprendiendo este nuevo tiempo: las redes sociales, los dispositivos inteligentes, el big data, la inteligencia artificial, entre otros.

Pero, ¿qué es innovar?

Innovar, por definición, es un desafío. Es alterar algo, por pequeño que sea, introduciendo algún cambio o novedad. Innovamos cuando las viejas soluciones ya no sirven; cuando nos damos cuenta de que podemos quedarnos atrás en cualquier ámbito por seguir haciendo lo mismo.

Innovamos en la cocina, o en el fútbol. Pero también debemos hacerlo en la política y en la sociedad. La innovación pública es una obligación ante esta nueva realidad. Estamos acostumbrados a creer que nuestros sistemas de gobierno o los servicios públicos no tienen solución. Ponemos nuestras excusas en los grandes aparatos burocráticos de nuestros países. Innovar en el gobierno no es más que ratificar la visión de Konrad Adenauer de poner al ser humano como eje de cualquier acción gubernamental, a través de algunos principios simples: toda acción con foco en el ciudadano; cocreación de soluciones entre diversos actores; integralidad; experimentación; y cambio cultural.

Cualquier diseño de proceso o política no puede nacer con un enfoque en las cosas, sino que su orientación debe estar centrada en el ciudadano, para entender así sus necesidades, motivaciones y convertirlos en los primeros agentes del proceso de innovación. Ahí es donde la cocreación de soluciones complementa ese enfoque, con la cooperación activa de todos los actores de un proceso o una política. Abrir espacios de diálogo, de diseño; compartir herramientas y motivar a todos los stakeholders para diseñar juntos los cambios que tendrán un efecto real en la vida de los ciudadanos.

El enfoque holístico, en cambio, nos permite dar una perspectiva integral a cualquier solución. Debe existir siempre un enfoque interinstitucional e interdisciplinario, para poder tener una mirada integral en cualquier proceso. Y esto nos lleva a experimentar. A aprender haciendo, con pruebas y errores, hasta encontrar la experiencia necesaria.

Debemos innovar para el presente pero también para el futuro de nuestros hijos. Nuestras sociedades están llenas de posibilidades, pero no podemos pedir cambios si seguimos haciendo lo mismo. Pero antes debemos reconocer el estado actual de la sociedad.

El impacto de la tecnología en la democracia

Hace dos décadas nuestra sociedad era muy distinta. Sin embargo, la tecnología, más allá de convertirse en una herramienta vital de desarrollo, no había afectado con importancia comportamientos sociales. De hecho, antes de la pandemia la sociedad era distinta. Al hablar de tecnología, en mi opinión, el cambio más importante en la sociedad es la irrupción de las redes sociales. Y esto debemos entenderlo para poder plantear un nuevo concepto de innovación pública con responsabilidad. Ahora que estamos a pocos días de la elección norteamericana, en medio de la pandemia, debemos recordar lo sucedido hace apenas cuatro años, cuando el resultado electoral que determinó la victoria de Donald Trump generó varias reflexiones sobre el uso de la tecnología en nuestra democracia.

En el 2016, el Diccionario Oxford eligió a posverdad como la palabra del año, debido a la frecuencia de su uso. Es un concepto que se puso de moda a raíz de un editorial de la revista The Economist, que explicó el fenómeno Trump a partir del efecto de la emoción en la racionalidad de los electores estadounidenses en aquella elección.

Las informaciones falsas durante aquella campaña tuvieron más repercusión en las redes sociales que las noticias verdaderas. Según Matthew Gentzkow, de Stanford University, hay una alta probabilidad de sugerir que Trump no hubiese sido presidente sino fuese por la influencia de las noticias falsas.

« Cualquier diseño de proceso o política no puede nacer con un enfoque en las cosas, sino que su orientación debe estar centrada en el ciudadano, para entender así sus necesidades, motivaciones y convertirlos en los primeros agentes del proceso de innovación. »

Aquella elección de Estados Unidos y su posterior debate respecto a la posible influencia rusa en la maquinaria digital de campaña nos obliga a pensar en que existe un posible cambio de paradigma sobre el escenario del poder y la autoridad, debido a la tecnología. Cuando observamos que más del 61 % de los ciudadanos norteamericanos usan como fuente de información a Facebook, nos obligamos a discutir sobre los posibles escenarios de la construcción de una nueva autoridad desde la lógica de la posverdad.

Vivimos, pues, el tiempo de la posverdad en redes sociales y en WhatsApp, y solo entendiendo con responsabilidad este estado de la sociedad podremos entender cómo usar la tecnología, con ética, para un buen desempeño público. La tecnología siempre será una herramienta para la innovación pública, no su fin.

Un nuevo panóptico digital

El big data es la base actual de la innovación pública. Un ciudadano produce tantos datos que muchas de las soluciones desde lo público tienen su fundamento en el correcto uso del big data. Pero esto trae peligros.

«Hace cuarenta años creímos que había triunfado la libertad», anotaba Zygmunt Baumann en una de las últimas entrevistas de su vida. Las sociedades han dado supuestos saltos en pos de abolir formas caducas de esclavitud. No obstante, el modelo de consumo que impera nos ha creado nuevos yugos, sin que lo percibamos. No somos libres, somos esclavos de nuestro rendimiento, de las pantallas de nuestros teléfonos inteligentes, con nuestro consentimiento pleno. No tenemos poder, aunque creemos que lo ostentamos. Somos, en palabras del filósofo coreano Byung-Chul Han, esclavos absolutos, en la medida en que, sin amo alguno, nos explotamos nosotros mismos de forma voluntaria.

Cuando Foucault esbozó la idea del panóptico disciplinario lo pensó como un símil de la prisión ideada por Bentham, cuya principal finalidad era obtener un estado de vigilancia absoluto, que permitiera generar poder con la mirada. Pero no llegaba a su alma, a su psiquis. La tecnología y las redes sociales nos han llevado a un nuevo panóptico creado por esta revolución digital: el panóptico digital.

Se trata de una especie de big brother digital que ha logrado optimizar lo que el mismo Orwell soñó ficciosamente en 1984, en que los mecanismos de control y vigilancia no pudieron penetrar dentro de las mentes. Este big brother digital funciona de manera distinta: nos hace creer libres, nos hace sentir felices, emocionados, compartiendo toda nuestra información y convirtiéndola en datos que generarán algún tipo de poder. Una entrega de información, además, en la que participamos de forma activa, completamente consciente y haciendo un uso intensivo de nuestra propia libertad. Es el paso del big brother al big data.

Vivimos un tiempo en que las redes sociales son una trampa. Hay una crisis absoluta de la libertad. En este panóptico digital nadie se siente vigilado, y el Big Brother tiene un aspecto amable, que da likes y nos extrae información, emociones y datos con nuestra absoluta voluntad.

Estamos, pues, controlados en la época de la libertad. El panóptico digital es un nuevo escenario para la construcción de algún poder absoluto, mientras se produce una propia verdad.

Uno de los proyectos de innovación pública más importantes durante la pandemia fue llevado adelante por países que lograron digitalizar todo el proceso de cercos epidemiológicos para el covid-19. Sin embargo, países cuyos regímenes son autoritarios lo hicieron con mayor éxito. ¿Qué sucedía? El uso de datos de los ciudadanos permitía rastrearlos georreferenciadamente, saber su temperatura con la cámara de sus celulares, entre otros. Era el gran hermano Estado ayudando a sus ciudadanos.

Por ello, para la innovación pública en la tecnología es vital tener marcos regulatorios que protejan los derechos más básicos de los ciudadanos. Que nadie pueda vulnerar nuestros datos y nuestra privacidad. La Unión Europea ha trazado una cancha para la ética, a través del Reglamento General de Protección de Datos.

¿En qué áreas podemos innovar en el sector público?

La crisis del covid-19 ha intensificado la necesidad de hacer innovaciones públicas. Más allá de los riegos en la sociedad que he mostrado antes, indudablemente vivimos una digitalización de nuestra economía y de nuestra sociedad.

« El modelo de consumo que impera nos ha creado nuevos yugos, sin que lo percibamos. No somos libres, somos esclavos de nuestro rendimiento. »

Por eso, el momento actual de nuestros gobiernos debería estar marcado por la necesidad de conectividad como eje fundamental. Uno de los riegos más grandes de la coyuntura es que una demora en la ampliación de cobertura de conexión, especialmente en los países en desarrollo, traería indudablemente un aumento de pobreza. Lo vemos ahora en aquellos niños que no pueden estudiar por falta de internet o por falta de un dispositivo. Indudablemente, las personas que residen en zonas urbanas recibirán una mejor calidad de educación que las que están en zonas rurales. Todo, debido al poco o nulo acceso a la tecnología.

Por ello, la discusión del 5G toma una fuerza fundamental. Esta nueva tecnología móvil, en la que se viene trabajando desde el 2018, aumentará la velocidad de conexión para los usuarios y multiplicará exponencialmente el número de dispositivos conectados. Estaremos conectados todo el día, en el menor tiempo posible. El proyecto de globos satelitales de internet, como lo vienen haciendo Google y sus socios a través del proyecto Loon, también es una innovación necesaria en este aspecto. El caso más interesante es el de dotación de internet satelital a través de globos aeroestáticos en la Amazonía del Perú.

El acceso a la red debe ser un servicio básico, un derecho de cualquier ciudadano. Con esto tendríamos la base para iniciar la primera innovación pública: la digitalización del servicio público y del gobierno.

En un mundo que nos demuestra la versatilidad y eficiencia de la educación virtual, de la telemedicina o de los trámites en línea, debemos enfocar que todos por igual tengamos acceso a esas herramientas. El caso emblemático de innovación pública lo tiene Estonia.

Después de 25 años de haberse planteado como norte ser el país más digital del mundo, actualmente en Estonia se pueden hacer todos los trámites ciudadanos en línea, excepto casarse o divorciarse. Y lo maravilloso de este proceso es que no se trató de un proyecto digital, sino de un cambio en el paradigma mental de la sociedad entera. Según el portal Infobae, el punto de inflexión se dio en 1997, cuando los ciudadanos de Estonia decidieron adoptar un gobierno digital con el objetivo de mejorar la competitividad del Estado, reducir los tiempos de trámites y mejorar el bienestar de la gente.

Fuente: Shutterstock

A partir de ese momento se empezó a trabajar en dos puntos fundamentales: la modernización de la educación, proporcionando conectividad y computadoras en los colegios, para digitalizar toda la formación, y un sistema de identificación digital que consiste en un documento de identidad con un chip con información y un cifrado de clave pública que proporciona acceso digital a todos los servicios en línea que ofrece Estonia para sus ciudadanos. Los servicios permiten el acceso al sistema de salud, la posibilidad de votar, pagar impuestos o acceder al banco, entre otras posibilidades.

En la pandemia, Estonia ha sido un caso de éxito de funcionamiento del Estado, por todos los avances que había tenido en sus procesos de innovación pública, especialmente en las áreas de salud y conectividad.

En América Latina hay avances fundamentales. El denominado Laboratorio de Gobierno de Chile es otro ejemplo positivo de innovación pública. A través de un órgano muy versátil en la estructura del Gobierno, un equipo multidisciplinario coordina a los distintos actores dentro y fuera del Gobierno, para encontrar soluciones innovadoras a los problemas que aquejan a los ciudadanos. Quizás el caso más importante sea el de haber innovado en algo tan simple como el proceso de pago del consumo de luz eléctrica, tan solo haciendo ejercicios ciudadanos de experiencia de usuario.

« Los nuevos valores como el conocimiento, la transparencia, la conectividad y la eficiencia energética podrían resolver muchos de los problemas que tenemos »

Más que nunca debemos iniciar procesos de conectividad e innovación en la educación pública y la salud. Debemos fundamentar la creación de empleo basado en la innovación. Debemos dotar a los más jóvenes de habilidades blandas orientadas al emprendimiento general. Nuestros países deben innovar en la forma de educación, ofrecer un sistema de educación móvil para que millones de jóvenes tengan dos herramientas fundamentales en el mundo de hoy: el idioma inglés y las habilidades de desarrollo para la nube. Esto último lograría aplacar el gran problema de desempleo en esta crisis, puesto que en la era covid hay una gran demanda de profesionales que sepan hacer development de tecnología.

La propuesta es simple: la innovación no solo puede mejorar la vida de los habitantes de nuestros países, sino que puede crear oportunidades donde no las hay. Los nuevos valores como el conocimiento, la transparencia, la conectividad y la eficiencia energética podrían resolver muchos de los problemas que tenemos.

Tenemos que innovar para cambiar, porque no podemos ir hacia el futuro mirando hacia atrás.

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