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La era de la incertidumbre

Daniel Innerarity

Daniel Innerarity

Doctor en Filosofía. Catedrático de Filosofía Política y Social, investigador Ikerbasque en la Universidad del País Vasco y director del Instituto de Gobernanza Democrática. Profesor en el Instituto Universitario Europeo en Florencia. Colaborador habitual de opinión en medios de prensa.

La incertidumbre forma parte de la vida humana, tanto en su dimensión personal como social. Solo tenemos la certeza de que somos mortales, pero no sabemos cómo ni cuándo se verificará esa condición; la vida nos depara sorpresas que la hacen interesante y peligrosa al mismo tiempo; no dejamos de realizar previsiones aunque hemos experimentado mil veces hasta qué punto son corregidas o desmentidas por la realidad… Cualquier institución tiene que afrontar la incertidumbre que procede de los cambios de su entorno. Estamos atravesando una época histórica de gran volatilidad, en medio de unas transformaciones geopolíticas cuyo resultado es todavía difícil de adivinar, la creciente fragilidad social nos somete a unas tensiones en comparación con las cuales la mecánica de la represión y la revolución era de una lógica elemental. Interacciones complejas, desarrollos exponenciales, fenómenos emergentes, turbulencias, inabarcabilidad y cambios discontinuos caracterizan nuestra época hasta unos niveles incomparables con otros momentos de la historia por muy agitados que parecieran a sus protagonistas.

1. Problemas complejos

Este me parece ser el punto decisivo a la hora de explicar de dónde procede tanta incertidumbre: de nuestra dificultad de entender y gestionar la complejidad. Vivimos en un mundo en el que aumentan la complejidad y la densidad de las interacciones; las heterarquías son cada vez más relevantes sin haber sustituido completamente a las jerarquías; los Gobiernos se ven obligados a pensar en términos de gobernanza; las estructuras sociales adquieren cada vez más la forma de redes horizontales; el exceso de información no puede ser completamente procesado por nuestros instrumentos de análisis; la identidad personal es más discontinua y compuesta. Como vengo insistiendo desde hace tiempo (Innerarity, 2020), todos estos fenómenos son manifestaciones de una creciente complejidad y nuestra actual incertidumbre corresponde a la incapacidad de generar conceptos e instituciones capaces de hacerse cargo de tal complejidad.

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¿Es posible conducir la propia vida o gobernar las sociedades en medio de dicha incertidumbre con alguna racionalidad? Las rutinas de la vida diaria y de la política convencional se apoyan en la identificación de relaciones de causa y efecto, en la configuración estable de protocolos y rutinas. Sin embargo, cada vez somos más conscientes de que hemos de prepararnos de algún modo para las sorpresas que proceden de las intrincadas dinámicas que también forman parte de nuestras condiciones vitales. Lo primero que tendríamos que advertir es que vivimos en un mundo en el que hay más misterios que puzles (Kay y King, 2020, p. 49). Cuando dejamos de pensar y movernos por los carriles de la normalidad y lo convencional, descubrimos que el mundo está lleno de crisis, cisnes negros, dinámicas no lineales y fenómenos emergentes, todo ello resultante de interacciones que habitualmente no acertamos a identificar. Un enfoque axiomático a la hora de definir la racionalidad no sirve cuando se trata de tomar decisiones políticas ante un futuro tan incierto. Muchos de nuestros errores no se deben a que seamos irracionales sino a que no sabemos lo que va a pasar, lo que se puede saber o la verosimilitud de los posibles eventos que resultan de la concatenación opaca de muchos elementos. Complejidad significa que el comportamiento de un sistema no está determinado por sus elementos sino por su interacción. Podemos conocer con bastante exactitud la naturaleza actual de esos elementos, pero mucho más difícil es saber cuál será el resultado futuro de la interacción entre ellos. Llamamos emergencia a lo que surja de esas interacciones, porque no puede anticiparse mediante el simple análisis de los elementos que forman parte del sistema. Si la sociedad contemporánea nos golpea con tantas situaciones no previstas o desmiente tan frecuentemente nuestras previsiones es porque hay una dimensión de intransparencia inevitable en los sistemas sociales. Ignoramos muchas cosas —y algunas de ellas muy relevantes— porque se encuentran en el proceso de emergencia antes de su irrupción. Si a todo esto añadimos una permanente distracción colectiva en lo inmediato y una escasa atención a lo latente, podemos estar seguros de que la evolución de las cosas seguirá sobresaltándonos.

Las crisis de diverso tipo (económicas, sanitarias, climáticas…) que se acumulan y superponen son el caso más agudo de esa imprevisibilidad, que nos obliga tanto a mejorar nuestros instrumentos de anticipación como a ser conscientes de sus limitaciones. El deseo de conocer el futuro que caracteriza a los humanos ha surgido de la aspiración a protegerse frente a lo que amenaza nuestra existencia vulnerable. Desde hace tiempo los oráculos han sido sustituidos por formas sofisticadas de predicción y ya no se trata de adivinar un futuro inexorable como de tratar de configurarlo. Que hayan mejorado esas técnicas no significa que conozcamos mejor el futuro sino sencillamente que somos más conscientes de que somos más conscientes de que debemos anticiparlo. En cualquier caso, estamos obligados a reflexionar sobre el futuro, a introducirlo en nuestros cálculos de verosimilitud, pero sin desconocer los límites de esa previsión.

2. El desconocimiento que desconocemos

« Cada vez somos más conscientes de que hemos de prepararnos de algún modo para las sorpresas que proceden de las intrincadas dinámicas que también forman parte de nuestras condiciones vitales. »

Estas propiedades del mundo en el que vivimos nos obligan a revisar nuestra relación con el conocimiento y, sobre todo, a preguntarnos qué podemos hacer con el desconocimiento. Nos caracterizamos como sociedad del conocimiento, pero eso no significa que sepamos mucho sino que somos una sociedad que es cada vez más consciente de su no saber y que progresa aprendiendo a gestionar el desconocimiento en sus diversas manifestaciones: inseguridad, verosimilitud, riesgo e incertidumbre. Hay incertidumbre en cuanto a los riesgos y las consecuencias de nuestras decisiones, pero también una incertidumbre normativa y de legitimidad. Aparecen nuevas y diversas formas de incertidumbre que no tienen que ver con lo todavía no conocido sino también con lo que no puede conocerse. No es verdad que para cada problema que surja estemos en condiciones de generar el saber correspondiente. Muchas veces el saber de que se dispone tiene una mínima parte apoyada en hechos seguros y otra en hipótesis, presentimientos o indicios.

Hay otro aspecto más dramático de esta ignorancia que tiene que ver con el hecho de que las tareas acometidas incluyen dimensiones desconocidas y parcialmente desconocibles: consecuencias secundarias y efectos no previstos que han de ser gestionados en escenarios de futuro difícilmente anticipables. Un aspecto fundamental de la ignorancia colectiva es la cuestión de la ignorancia sistémica (Willke, 2002, p. 29) cuando nos referimos a riesgos sociales, futuros, a constelaciones de actores, dentro de las cuales demasiados eventos están relacionados con demasiados eventos, de modo que aparecen problemas de inteligibilidad y queda desbordada la capacidad de decisión de los actores individuales.

El modelo de saber que hasta ahora hemos manejado era ingenuamente acumulativo; suponíamos que el nuevo saber se añade al anterior sin problematizarlo, haciendo así que retroceda progresivamente el espacio de lo desconocido y aumentando la calculabilidad del mundo. Pero esto ya no es así. La sociedad ya no tiene su principio dinámico en un permanente aumento del conocimiento y un correspondiente retroceso de lo que no se sabe. Los límites entre el saber y el no saber no son ni incuestionables, ni evidentes, ni estables. En muchos casos es una cuestión abierta cuánto se puede todavía saber, qué ya no se puede saber o qué no se sabrá nunca. No se trata del típico discurso de humildad kantiana que confiesa lo poco que sabemos y qué limitado es el conocimiento humano. Es algo incluso más impreciso que esa ignorancia especificada de la que hablaba Merton; me refiero a formas débiles de desconocimiento, como el desconocimiento que se supone o se teme, del que no se sabe exactamente lo que no se sabe y hasta qué punto no se sabe.

Por supuesto que sigue siendo importante ampliar los horizontes de expectativa y relevancia de manera que sean divisables los espacios del no saber que hasta ahora no veíamos, proceder al descubrimiento del desconocimiento que desconocemos. Pero esta aspiración no debería hacernos caer en la ilusión de creer que el problema del no saber que se desconoce puede resolverse de un modo tradicional, es decir, disolviéndolo completamente en virtud de más y mejor saber. Incluso allí donde se ha reconocido expresamente la relevancia del no saber desconocido sigue sin saberse lo que no se sabe y si hay algo decisivo que no se sabe. Las sociedades del conocimiento han de hacerse a la idea de que van a tener que enfrentarse siempre a la cuestión del no saber desconocido; que nunca estarán en condiciones de saber si y en qué medida son relevantes los unknown unknowns a los que están necesariamente confrontadas.

3. Decidir en medio de la ignorancia

Si nos fijamos bien, de hecho las confrontaciones políticas más importantes son valoraciones distintas del no saber o de la inseguridad del saber: en la sociedad compiten diferentes valoraciones del miedo, la esperanza, la ilusión, las expectativas, la confianza, las crisis, que no tienen un correlato objetivo indiscutible. Como efecto de esta polémica, se focalizan aquellas dimensiones del no saber que acompañan al desarrollo de la ciencia: sobre sus consecuencias desconocidas, las cuestiones que deja sin resolver, sobre las limitaciones de su ámbito de validez… Las controversias suelen tener como objeto no tanto el saber mismo como el no saber que lo acompaña inevitablemente. Quien discute el saber contrario o dominante lo que hace es eso: drawing attention to ignorance (Stocking, 1998), subrayar precisamente aquello que ignoramos.

Foto: shutterstock.com

A partir de ahora nuestros grandes dilemas van a girar en torno al decision-making under ignorance (Collingridge, 1980). Ahora bien, la decisión en condiciones de ignorancia requiere nuevas formas de justificación, legitimación y observación de las consecuencias. ¿Cómo podemos protegernos de amenazas frente a las que por definición no se sabe qué hacer? ¿Y cómo se puede hacer justicia a la pluralidad de las percepciones acerca del no saber si desconocemos la magnitud y la relevancia de lo que no se sabe? ¿Cuánto no saber podemos permitirnos sin desatar amenazas incontrolables? ¿Qué ignorancia hemos de considerar como relevante y cuánta podemos no atender como inofensiva? ¿Qué equilibrio entre control y azar es tolerable desde el punto de vista de la responsabilidad? Lo que no se sabe, ¿es una carta libre para actuar o, por el contrario, una advertencia de que deben tomarse las máximas precauciones?

En este contexto es donde deben ser examinados la eficacia y los límites del recurso a la ciencia para la toma de decisiones políticas. A pesar de que las ciencias han contribuido a ampliar enormemente la cantidad de saber seguro, cuando se trata de sistemas de elevada complejidad como el clima, el comportamiento humano, la economía o el ambiente, cada vez es más difícil obtener explicaciones causales o previsiones exactas, ya que el saber acumulado hace visible también el universo ilimitado del no saber. Durante mucho tiempo la sociedad moderna ha confiado en poder adoptar las decisiones políticas y económicas sobre la base de un saber (científico), racional y socialmente legitimado. Los persistentes conflictos sobre riesgo, incertidumbre y no saber, así como el continuo disenso de los expertos han demolido crecientemente y de manera irreversible esa confianza. En lugar de eso, lo que sabemos es que la ciencia con mucha frecuencia no es suficientemente fiable y consistente como para poder tomar decisiones objetivamente indiscutibles y socialmente legitimables. Pensemos en el caso de los riesgos que tienen que ver con la salud o el ambiente, que generalmente solo pueden ser identificados con una certeza escasa. Las decisiones para este tipo de asuntos deben remitir no tanto al saber cuanto a una gestión de la ignorancia justificada, racional y legítima. La ciencia no está en condiciones de liberar a la política de la responsabilidad de tener que decidir bajo condiciones de inseguridad. En este contexto, en lugar de la imagen tradicional de una ciencia que produce hechos objetivos duros, que hace retroceder a la ignorancia y le dice a la política lo que hay que hacer, se necesita un tipo de ciencia que coopere con la política en la gestión de la incertidumbre.

Estas son las razones profundas a mi juicio en virtud de las cuales una sociedad democrática no está gobernada por sistemas expertos sino desde la integración de esos sistemas expertos en procedimientos de gobierno más amplios, que incluyen necesariamente decisiones en ámbitos donde la ignorancia es irreductible. Nuestras principales controversias democráticas giran precisamente en torno a qué ignorancia podemos permitirnos, cómo podemos reducirla con procedimientos de previsión o qué riesgos es oportuno asumir.

4. La gestión de la incertidumbre

Es ya un lugar común señalar que entre los saberes más importantes están la flexibilidad y adaptación, la capacidad de moverse en un entorno que ya no es de claras relaciones entre causa y efecto, sino borroso y caótico. Así parece ponerlo de manifiesto el tipo de competencias y perfiles profesionales más demandados, aunque tenemos la fundada sospecha de que seguimos educando para la certidumbre.

« Las sociedades contemporáneas tienen que desarrollar no solo la competencia para solucionar problemas sino también la capacidad de reaccionar adecuadamente ante lo imprevisible. »

La cuestión que inevitablemente todo esto plantea es si nuestros sistemas de gobierno han desarrollado la capacidad de gestionar esta incertidumbre. Es un hecho que para los políticos resultan más interesantes las pequeñas ganancias en el corto plazo que las grandes de largo plazo vinculadas a oportunidades inciertas. Este comportamiento coincide con una cultura administrativa de control que tolera muy mal la incertidumbre que generan las relaciones de confianza. El mundo político sigue seducido por la idea de control y de ahí procede su especial dificultad para entender y gobernar en estos nuevos contextos.

Podríamos sintetizar el cambio de mentalidad que se requiere en la idea de que tenemos que orquestar nuestro deseo de controlar las situaciones con la exposición a la incertidumbre, entre la continuidad de lo que somos y las posibilidades de cambio, entre lo sabido y lo desconocido. Dicho de otro modo: ¿cómo se preparan nuestras sociedades para las inevitables sorpresas que les esperan? Si en otras épocas los métodos dominantes para combatir la ignorancia consistían en eliminarla, la actual era de la incertidumbre nos invita a considerar que hay una dimensión irreductible en la ignorancia, por lo que debemos entenderla, tolerarla e incluso servirnos de ella y considerarla un recurso (Smithson, 1989; Wehling, 2006). Esto no es tan abstracto como parece deducirse de la anterior formulación. Hemos aprendido a interpretar y usar las previsiones del tiempo, que no son una certeza absoluta; tomamos muchas decisiones políticas o económicas con una información insuficiente y únicamente los beatos digitales están convencidos de que el big data va a despojar a nuestras decisiones de cualquier resto de riesgo e incertidumbre.

Hemos de desarrollar una actitud más probabilística, en la vida personal y en el plano colectivo. Este cultivo de la incertidumbre puede resultar un inesperado factor de democratización. Precisamente allí donde nuestro conocimiento es incompleto son más necesarias instituciones y procedimientos que favorezcan la reflexión, el debate, la crítica, el consejo independiente, la argumentación razonada, y la competición de ideas y visiones (Majone, 1989).

La incertidumbre es incómoda, en ocasiones incluso dramática, pero también representa una posibilidad de desarrollar el ingenio, en la vida personal y social, porque enriquece nuestro mundo y nos distancia de la estrechez convencional, quiebra las rutinas y nos recuerda que vivimos abiertos hacia el futuro (Nowotny, 2016). Hemos de aprender a vivir en la inestabilidad y aceptar la naturaleza incremental de los cambios. Conocedores de los límites de nuestras previsiones, no dejamos de prepararnos para lo inesperado. El hecho de que cualquier cosa que hagamos tendrá consecuencias imprevisibles no es una disculpa para dejar de preocuparse por ellas sino todo lo contrario.

Estamos ante el desafío de aprender a gestionar esas incertidumbres que nunca pueden ser completamente eliminadas y transformarlas riesgos calculables y en posibilidades de aprendizaje. Las sociedades contemporáneas tienen que desarrollar no solo la competencia para solucionar problemas sino también la capacidad de reaccionar adecuadamente ante lo imprevisible. No va a resultar una tarea fácil, pero en cualquier caso podríamos consolarnos considerando que somos una sociedad del desconocimiento no tanto porque sepamos poco como porque no sabemos lo suficiente en relación con la dimensión de las empresas que hemos decidido acometer.

Referencias

  • Collingridge, D. (1980). The Social Control of Technology. Nueva York: St. Martin’s Press.
  • Innerarity, D. (2020). Una teoría de la democracia compleja. Gobernar en el siglo xxi. Barcelona: Galaxia Gutenberg.
  • Kay, J., y King, M. (2020). Radical Uncertainty. Decision-making for an unknowable future. Londres: The Bridge Street Press.
  • Majone, G. (1989). Evidence, Argument, & Persuasion in the Policy Proces s. New Haven y Londres: Yale University Press.
  • Nowotny, H. (2016). The Cunning of Incertainty. Oxford: Polity.
  • Smithson, M. (1989). Ignorante and uncertainty. Emerging paradigms. Nueva York: Springer.
  • Stocking, S. H. (1998). Drawing Attention to Ignorance. Science Communication, 20, 165-178.
  • Wehling, P. (2006). Im Schatten des Wissens? Perspektiven der Soziologie des Nichtwissens. Constanza: uvk Verlagsgesellschaft.
  • Weingart, P.(1983). Verwissenschaftlichung der Gesellschaft, Politisierung der Wissenschaft. Zeitschrift für Soziologie, 12(3), 225-241.
  • Willke, H. (2002). Dystopia. Studien zur Krisis des Wissens in der modernen Gesellschaft. Fráncfort: Suhrkamp.

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