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Entre el apoyo y la imposición*

Prof. Dr. Norbert Lammert

Prof. Dr. Norbert Lammert

Científico social. De 1998 a 2002 fue portavoz de política cultural y de medios de comunicación del grupo parlamentario CDU/CSU. De 2005 a 2017, presidente del Bundestag (Parlamento federal alemán). Desde 2018 es presidente de la Fundación Konrad Adenauer.

No, no existe un peligro grave de que nuestra democracia parlamentaria sea aniquilada por un virus. Nuestro Estado y nuestra sociedad se encuentran en estado de emergencia desde la primavera europea de 2020, ya que la pandemia del coronavirus ha provocado restricciones inimaginables en la vida pública, aunque ahora se esté produciendo un relajamiento gradual y cauteloso.

La canciller Angela Merkel calificó la limitación temporal de los derechos básicos y las restricciones de contacto como una imposición democrática. Durante semanas las flotas de aviones comerciales permanecieron en tierra, los jardines de infantes y las escuelas permanecieron cerrados, al igual que los teatros, cines y restaurantes, y muchos negocios y empresas redujeron su trabajo o dejaron de funcionar.

« Nuestra democracia comprende reportajes críticos, tribunales independientes y ciudadanos comprometidos que, por supuesto, también en tiempos de crisis cuestionan y debaten las decisiones y medidas tomadas por el Gobierno federal o las respectivas autoridades de los estados federales. »

También en la vida política la pandemia dejó su huella. Los congresos de partidos políticos tuvieron que ser cancelados, los parlamentos se vieron obligados a sesionar con menos representantes y los consejos de ministros y las conferencias internacionales fueron reemplazados por videoconferencias o llamadas telefónicas. Sin embargo, no emergió una amenaza existencial para nuestra democracia. Podemos y debemos confiar en la estabilidad de nuestro sistema político en Alemania. Contrariamente a profecías fatalistas y ciertas teorías conspirativas, nuestro sistema federal demuestra ser capaz de hacer frente a la crisis, lo que queda en evidencia si lo comparamos con Estados autoritarios y centralistas. Nuestra democracia comprende reportajes críticos, tribunales independientes y ciudadanos comprometidos que, por supuesto, también en tiempos de crisis cuestionan y debaten las decisiones y medidas tomadas por el Gobierno federal o las respectivas autoridades de los estados federales. Que el aumento de la excitación, la preocupación y la molestia comprensibles en ocasiones conduzcan a reacciones exageradas puede ser molesto; sin embargo, en vista de la situación extraordinaria, es difícilmente evitable y ciertamente no es una señal de alarma para la democracia.

Además de las consecuencias inmediatas, la pandemia tendrá efectos a mediano y largo plazo en nuestra sociedad y posiblemente en nuestro sistema político. Si bien muchos de estos desarrollos no se puedan prever en este momento y la incertidumbre —quizás la característica central de esta crisis— siga acompañándonos, ya deberíamos empezar a pensar en cómo la pandemia y la forma de afrontarla cambiará política y socialmente a nuestro país, para evitar llegar a conclusiones precipitadas.

La hora del Ejecutivo

Es un hecho notable, pero no sorprendente, que en tiempos de crisis extraordinaria los índices de aprobación del Gobierno federal sean mejores de lo que fueron durante mucho tiempo. Según el Barómetro de crisis de la Fundación Konrad Adenauer, una encuesta que desde el 30 de marzo de 2020 analiza la dinámica del clima de opinión sobre la pandemia, entre finales de marzo y finales de mayo más del 60 % de los encuestados afirmaron tener gran o muy grande confianza en el Gobierno federal. A finales de abril, en algunas ocasiones este valor casi alcanzó el 80 %.

Solo para colocar en contexto estos valores: ya en 2019, estudios empíricos concluyeron que la confianza de la población en el Estado y sus instituciones para resolver los problemas había disminuido considerablemente y que el descontento con la situación política rara vez había sido tan grande. Según una encuesta realizada por Infratest dimap en la primavera de 2019, más de un tercio no estaban satisfechos con la democracia en Alemania; el 50 % de los encuestados no confiaban en que los partidos establecidos fueran capaces de resolver los desafíos del futuro, por lo que optaban por nuevos partidos o movimientos. Un estudio del Instituto Allensbach de Investigación de la Opinión Pública llegó a una conclusión similar: la confianza en la estabilidad política en 2019 cayó al 57 % del 81 % registrado en 2015. «Dos tercios de la población está preocupada por el desarrollo de la política y los partidos. Tienen una sensación de falta de liderazgo y de planificación. […] Gradualmente la insatisfacción con el Gobierno está minando la confianza también en la capacidad para actuar del Estado en su totalidad», diagnosticó Renate Köcher, del Instituto Allensbach en noviembre de 2019, en el Frankfurter Allgemeine Zeitung. Esto contrasta fuertemente con los actuales índices de aprobación del Gobierno.

Sin embargo, este fenómeno es bien conocido: los tiempos de crisis son la hora del Poder Ejecutivo. Puede probar su capacidad de actuar e impresiona con esta a los ciudadanos. Parte de la explicación de los altos índices de aprobación se debe probablemente también al hecho de que la población tiene un interés legítimo y un deseo comprensible de que las actividades del Gobierno tengan éxito y de que logre controlar la crisis. Sin embargo, estos efectos suelen desaparecer rápidamente.

Por cierto, es sorprendente que la cdu y la csu se beneficien significativamente más de esta evolución que su socio de coalición: en la encuesta de los domingos sobre las elecciones al Bundestag, la cdu/csu se situó en torno al 40 % a finales de mayo de 2020. Esto constituye un aumento del 7 % en comparación con las últimas elecciones parlamentarias de septiembre de 2017, y casi el doble que en el punto más bajo de las encuestas del actual período legislativo. Contrariamente a la opinión de algunos influencers, una proporción considerable de ciudadanos asocia evidentemente a la Unión antes que a otros partidos con la competencia para hacer frente a estas crisis.

Parlamentarismo y populismo

« Los populistas declararán que la globalización, los extranjeros y las fronteras abiertas son las causas de la propagación de la pandemia. »

Aunque parezca tranquilizador que la clara mayoría de la población confía en el Gobierno durante una crisis grave, no debe pasarse por alto que el Bundestag goza de una confianza significativamente menor. El Barómetro de crisis de la Fundación Konrad Adenauer muestra, por ejemplo, que alrededor de la mitad de los encuestados confían poco o nada en el órgano central de nuestra democracia. En general, los valores fluctuaron considerablemente de una semana a otra entre marzo y junio. Este hallazgo está más en consonancia con los resultados de las encuestas de 2019 mencionadas más arriba.

No es reciente que los resultados indiquen que ciertas reglas y el funcionamiento de nuestra democracia parlamentaria y la solución prevista para problemas particulares son cuestionados cada vez más por un número significativo de ciudadanos. El foco de la crítica está puesto en el núcleo de la democracia representativa, institucionalizada en el Parlamento. Paradójicamente, esto se relaciona precisamente con la enorme expansión de la participación en el discurso político. A través de los medios de comunicación social, así como también mediante nuevas formas de participación —por ejemplo, a través de peticiones de los ciudadanos o decisiones de miembros de partidos políticos—, cada individuo puede comentar o influir directamente en los acontecimientos políticos. Esto promueve la individualización y el debilitamiento de la institucionalidad de la influencia y las expectativas que corresponden a la actual pérdida de reputación de los parlamentos, como explica Philip Manow en su nuevo libro Desdemocratización de la democracia. Los populistas se apropian hábilmente de este proceso; generalmente, no son abiertamente antidemocráticos, sino que son declarados opositores de las instituciones democráticas representativas como el Parlamento. Los éxitos electorales de los populistas en la última década reflejan, por lo tanto, los problemas de aceptación profundamente arraigados de nuestra democracia parlamentaria.

Expectativas y relatos

Por tanto, no es de esperar que este problema se diluya en el aire, sino que más bien es de temer que el populismo se beneficie de la pandemia a mediano plazo. Son demasiado tentadoras las respuestas de los populistas a las cuestiones complejas. Desglobalización, renacionalización y aislamiento: estas son las supuestas soluciones patentadas y propagadas por muchos partidos y movimientos populistas en Europa. Esto se aplica en mayor medida en el contexto de la pandemia del coronavirus. Porque llevamos mucho tiempo en la batalla de los relatos, en la disputa sobre qué modelo explicativo, qué historia puede darle un sentido más onvincente a esta crisis y ganar la supremacía de la interpretación. En este contexto, los populistas declararán que la globalización, los extranjeros y las fronteras abiertas son las causas de la propagación de la pandemia. Pedirán que se mantengan los controles fronterizos; nunca se cansarán de señalar que la Unión Europea no tuvo un buen desempeño en las primeras etapas de la pandemia; promoverán resentimientos y prejuicios, y regañarán al Estado supuestamente abrumado y a las élites, de las que esperan sin embargo la solución de los problemas. Esto es tan transparente como miope.

A este estado de ánimo actual se deben contraponer experiencias históricas. En las democracias se duda, discute y debate; se toman decisiones y se hacen compromisos. Algunas decisiones se corrigen gracias a nuevos conocimientos o a nuevas mayorías. ¿Estos factores son contraproducentes en la lucha contra la pandemia? Comprobadamente no, porque los gobiernos democráticos que se orientan hacia los ciudadanos son mejores gestores de crisis a largo plazo. No porque en las democracias todas las decisiones sean siempre correctas e inmediatamente oportunas, pero formular conjuntamente decisiones vinculantes sobre la base de intereses diferentes es un buen correctivo contra decisiones prematuras y errores duraderos.

La pandemia nos muestra un espejo

Desde la perspectiva internacional, la pandemia ha demostrado una vez más que el multilateralismo, entendido como un sistema de reglas basado en acuerdos y tratados, está en crisis. Este hallazgo no es nuevo, pero es preocupante que ni siquiera la fuerte presión de los problemas originados por un virus global que se propaga rápidamente pueda llevar a los Estados a la cooperación transfronteriza: el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas no fue capaz de alcanzar un acuerdo sobre una resolución y un enfoque coordinado internacionalmente. Tampoco la Unión Europea se mostró capaz de actuar, especialmente en la fase inicial de la pandemia. Las libertades fundamentales relacionadas con el mercado interior se limitaron de la noche a la mañana; Alemania y otros once Estados miembros cerraron sus fronteras. En algunos casos también se emitieron prohibiciones de exportación a países socios. Los límites de la tan invocada solidaridad europea se hicieron evidentes con demasiada rapidez.

Pero justamente en este momento debería quedar claro que necesitamos respuestas multilaterales coordinadas a nivel internacional para poder controlar esos desafíos. Esto funciona mejor en foros institucionales, donde hay canales de comunicación y de toma de decisiones establecidos, como en la Unión Europea, y también en organizaciones internacionales como la Organización Mundial de la Salud. Porque cualquiera que señale con razón que la globalización favoreció la propagación de la pandemia del covid-19 no debe ignorar el hecho de que la globalización también está ayudando a contenerla y combatirla.

El sociólogo Andreas Reckwitz escribió en Die Zeit en junio de 2020: «No estamos experimentando el principio del fin, no el fin de la era de la globalización, la digitalización y la liberalización, sino el fin del principio, de la fase temprana hiperdinámica del modernismo tardío». En este sentido, y contrariamente a algunas esperanzas y temores de que el mundo cambie radicalmente, sospecho que no será fundamentalmente diferente al de antes, una vez superada la pandemia. Por el contrario, la crisis actual más bien intensificará y acelerará tendencias existentes como el fortalecimiento del populismo y el creciente cuestionamiento del multilateralismo.

La pandemia nos muestra un espejo. En efecto, algunas cosas tienen que cambiar y en todo caso mejorar: el refuerzo de equipos y personal de los servicios de salud, la disponibilidad de medicamentos y equipos de protección, la reducción de dependencias estratégicas a través de cadenas de suministro de alta complejidad, el intercambio confiable e inmediato de información relevante. Por lo tanto, debemos mirar cuidadosamente lo que está sucediendo ante nuestros ojos y sacar las conclusiones correctas para cambiar lo que nos desagrada de nuestro reflejo en el espejo. La presidencia alemana del Consejo de la Unión Europea constituye una oportunidad especial para ello y una responsabilidad igualmente grande.

Artículo publicado originalmente en Die Politische Meinung, n.º 563, julio-agosto de 2020.

Traducción: Manfred Steffen

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